martes, septiembre 06, 2005

Cuando no es serio ser serio. Un milagro socialista

Roberto Gallardo es el juez en lo Contencioso Administrativo de la Ciudad que ordenó otorgar un subsidio de $205 por hijo a los cartoneros que reciclan privadamente basura en las noches de Buenos Aires. A esta disposición le agregó la paralización de las cuentas del gobierno local para pagar ese subsidio en su propio juzgado, justificándolo en que el municipio goza de superávit.

Gallardo se tomó en serio la Constitución de la Ciudad de Buenos Aires que entre otras generosidades, sanciona en su artículo 17: "La Ciudad desarrolla políticas sociales coordinadas para superar las condiciones de pobreza y exclusión mediante recursos presupuestarios, técnicos y humanos. Asiste a las personas con necesidades básicas insatisfechas y promueve el acceso a los servicios públicos para los que tienen menores posibilidades". No entiende el juez que el socialismo, y sobre todo la socialdemocracia, necesitan una alta cuota de hipocresía para sobrevivir. Sancionar tonterías es gratis, tratar de llevarlas a cabo es caro. Si el concepto de "justicia", requerido para la convivencia en cualquier sistema político, se extiende hasta un igualitarismo según el cual las personas tienen "derecho" a cosas o servicios en cuya obtención no tienen el deber de trabajar, esa idea de justicia requiere sí o sí que ese trabajo indispensable le sea extraído a otro cuyas necesidades no se tengan en cuenta. La única entidad que puede hacerse del trabajo ajeno, o de su fruto, es el estado, de modo que Gallardo al apropiarse del presupuesto municipal hace lo único que tiene a mano para llevar a buen puerto un proyecto igualador que ni siquiera es suyo, sino de los amigos de Ibarra que sancionaron la Constitución de la Ciudad, tratando de insensibles a los que no apoyaran sus excitaciones distribucionistas.

Claro que de acuerdo al sistema republicano el presupuesto público y su utilización deben ser discutidos en el órgano parlamentario y los ciudadanos no tienen otra forma de controlar el modo en que se utilizan los impuestos que pagan que no sea votando representantes ante ese órgano con facultades de discutir el punto. Ese valor, el del mantenimiento de ese principio republicano, es el que fundamenta la existencia de un delito específico como el de "malversación de caudales" que consiste en darle a los fondos públicos un destino distinto al presupuestado. Pero todo el sistema republicano está en crisis no porque a Gallardo se le haya ocurrido que las declaraciones socialistas son tan reales como le pueden haber enseñado "padres buenos" o "profesores generosos". Él mismo debe haber denostado a unos cuantos "neo-liberales" que le habrán querido arruinar su bondad hablándole del costo sobre otras personas que siempre, inexorablemente, tiene el reparto (de hecho los cartoneros son consecuencia del reparto). El es solo un peón que quiere ser coherente por el lado equivocado, es decir por el lado de la utopía, pero la subversión del sistema republicano empezó con la sanción de esa constitución estúpida llena de promesas que tiene la Ciudad de Buenos Aires. Es el jefe de gobierno, el Frepaso, el peronismo, el radicalismo y los partidos de "centro" que no se opusieron, los que establecieron normas como la que acabo de describir. Y esto recién empieza, porque hay varios jueces de la Ciudad que se reúnen para "soñar" con todas las igualdades que les dice la Constitución. Los magistrados que no se suman a la cruzada son los hipócritas, convertidos gracias a los soñadores en los funcionarios más importantes de un aparato enloquecido, en válvulas de escape del sistema.

También el sistema republicano requiere que los jueces sean los que hagan justicia. Gallardo también aprendió esto. Si el concepto de justicia se extiende de "dar a cada uno lo suyo" a "dar a cada uno lo que necesita" la actitud del juez no puede sorprender ni molestar a nadie, es un simple cumplimiento de su deber. Esto era lo que querían los convencionales de la ciudad ¿o no? ¿No es económicamente posible? Es algo que debió pensarse a lo largo de los 7 años de educación primaria, 5 de secundaria y 5 de Universidad en los cuales se le plantó en el cerebro al juez que hablar de recursos escasos es de ultra derecha y de gente mala. Gallardo está siendo bueno al modo en que se le enseñó. ¿Esto termina en el gobierno de los jueces que es una forma de terminar con la división de los poderes y por tanto promover una dictadura? ¿Y qué culpa tiene Gallardo de eso? A él se le paga por aplicar una Constitución antirrepublicana.

Un punto aparte merece la pretensión de "educar" a los hijos de los cartoneros. Viven en barrios de emergencia como toda la gente que está fuera del carísimo sistema "blanco" que regentea el estado con impuestos cada vez más caros. Se encuentran en un ambiente en el que predomina la cultura del delito al que con facilidad podrían volcarse, teniendo en cuenta además la impunidad que rige para el crimen en la Argentina. Aún así, se dedican a trabajar, hacen algo productivo para sobrevivir que pocos estarían dispuestos a hacer, como es revolver basura. Su enemigo principal es el municipio que se proclama "dueño" de los desperdicios de los vecinos. Podrá parecernos desordenado el espectáculo de los cartoneros, pero su actividad es mucho más honesta que la del gobierno y no puede siquiera compararse con la de los "piqueteros" que saquean al estado con extorsión.

La alternativa que se le propone a los menores que son capaces de volcarse al trabajo, cuando todo lo demás se les presenta como más fácil, es mandarlos al colegio. Al mismo colegio que mandaron a Gallardo a aprender que el reparto es la máxima virtud, lo que provocó que el estado pasara a convertirse en un gigante por el cual una persona que gana 700 pesos tiene que entregar el 40% de sus ingresos para obtener los horribles "beneficios gratuitos" del socialismo. La calle, para quien quiere aprender, es mejor escuela de la que se le ofreció a Gallardo.

México y Estados Unidos: Una frontera, un dilema

Por Eneas A. Biglione
Experto en temas políticos y económicos de América Latina

"Envíenme a los que estén más cansados, a los más pobres y a los más oprimidos que anhelen respirar libres"
(Frase de bienvenida a los inmigrantes escrita en la base de la Estatua de la Libertad)


En un reciente viaje de Estados Unidos a México, tuve la oportunidad de volar en el avión junto a Gregorio, un joven Mexicano de unos 21 años. Me comentó que vivía en Carolina del Norte y que viajaba por cuatro meses a visitar a su familia en la ciudad de México. Me contó que vive en Estados Unidos con su hermano de 18 años y que están felices de tener un empleo en una companía de instalación y reparación de techos de tejas.

Conversamos de todo un poco, sobre su trabajo y su experiencia durante los últimos dos años. Los temas pasaban del clima a las turbulencias de las que era víctima nuestro avión. Gregorio me venía comentando que a él le encantaba viajar así, cuando de pronto me hizo una confesión que cambiaría el rumbo de nuestra conversación durante la próxima hora: "Ojalá el viaje de regreso fuese tan cómodo. Digo, porque lamentablemente voy a tener que caminar bastante para volver...". Me quede sorprendido, su último comentario me dejaba muy claro que había estado conversando con un mexicano indocumentado de los que tanto se habla y polemiza últimamente en los Estados Unidos. La posibilidad de entrevistar a un ?mojado? no se tiene todos los días, y en menos aún, a uno con tanta espontaneidad como la que caracteriza a Gregorio.

Tanto oír sobre las nuevas medidas de control fronterizo, la polémica iniciativa privada conocida como minuteman project, las propuestas de militarización de la frontera y los interminables debates entre los legisladores que insisten una y otra vez en evitar una amnistía de ilegales (pese a que desde 1986 ya llevan aprobadas un total de 7) y en particular en no encontrar una solución conciliatoria para los Mexicanos indocumentados, que mi próxima pregunta era casi predecible: "¿Y no se ha puesto un poco difícil viajar así últimamente?". Grande fue mi sorpresa al enterarme que las cosas "están igual de fáciles que siempre" y que la clave de todo es "tener un coyote de confianza, alguien que conoces desde hace tiempo, que normalmente es de la ciudad de la que uno viene". En el caso de Gregorio, un coyote chilango, es decir un Mexicano del Distrito Federal, conocido de su padre y puntualmente quien los cruzó a él y a su hermanito por primera vez hace dos años, era la persona clave para garantizar su regreso. "Lo malo es tener que caminar buena parte del camino al regresar" explicaba Gregorio, "la vez pasada caminamos más de 20 horas para llegar, fue terrible". Según mi entrevistado, los mexicanos que provienen de pueblos más pequeños o los centroamericanos que intentan llegar a Estados Unidos por medio de México, son los que más sufren en manos de coyotes que aceptan su dinero y luego los abandonan a su suerte en medio del desierto, no sin antes violar y secuestrar a las mujeres del grupo para luego prostituirlas.

Mi próximo comentario iría dirigido a la amenazante iniciativa del minuteman project. Como muchos saben este tan publicitado grupo de ciudadanos ha venido criticando fuertemente la capacidad de trabajo de las autoridades migratorias y ha decidido armarse de binoculares y telescopios buscando evitar que llegue el día en que según ellos los "extranjeros ilegales y sus descendientes pasen a ser el grupo poblacional dominante en los Estados Unidos y se hallan apoderado de tal manera de nuestros sistemas políticos y sociales que tendrán mas influencia que la constitución sobre el modo en que se gobierna nuestro país". Mi pregunta fue simple "¿Y que tan problemático es el esfuerzo de los minuteman en la frontera?". "No pasa nada" dijo Gregorio una vez más. "Debes entender que los coyotes tienen a sus socios norteamericanos del otro lado de la frontera y que estos les informan en tiempo real de la posición de las autoridades migratorias, minuteman y demás problemas que puedan encontrar en el camino. Una vez que reportan eso, es tan solo cuestión de cambiar de ruta".

Caben varias reflexiones a partir de esta conversación. La primera: una frontera de más de 2.000 millas, que atraviesa cuatro estados norteamericanos y seis mexicanos, es algo muy difícil y caro de controlar con éxito. Dilapidar miles de millones de dólares para la construcción de un muro o el envío de militares para eliminar mexicanos que tan sólo intentan tener un trabajo que les permita alimentar a sus familias, es una alternativa lo suficientemente onerosa, extrema e inhumana como para ser descartada de plano. El mismo presidente Bush ha dicho en repetidas oportunidades que: "hay valores familiares al sur del Río Grande". Ha llegado entonces el momento de que su administración demuestre que continúa sosteniendo eso. Porque en caso de aplicar políticas anti-Mexicanos como las que apoya Tom Tancredo, el gobierno federal terminará concentrando sus recursos en perseguir a jardineros y a meseros mexicanos, mientras los terroristas continúan entrando como lo han venido haciendo hasta el momento: en un cómodo avión y con visas en sus pasaportes. El grado de rechazo de los indocumentados mexicanos entre los ciudadanos norteamericanos continuará dependiendo de si los medios liberales se cansan o no de repetir una y otra vez que la economía de los Estados Unidos se encuentra estancada. Esta bien claro que cuando dichos medios dejen de inyectar propaganda política en periódicos y televisión, y reconozcan la bonanza económica de hoy día, la histeria anti-mexicanos disminuirá indefectiblemente.

Una política migratoria sana consistiría entonces en brindarles la posibilidad a los mexicanos de cumplir las leyes migratorias de los Estados Unidos. Después de todo, el problema migratorio comenzó poco tiempo después de la declaración de la independencia de Texas en 1845, y el tratado de Guadalupe en 1848, por el cual Nuevo Mexico, Utah, Nevada, Arizona y California pasaron de manos mexicanas a manos norteamericanas. Hoy en día el sistema migratorio aprueba un máximo de 5.000 visas anuales para gente no profesional que proviene de México. Pero la economía de los Estados Unidos requiere a cientos de miles de personas avocadas a regar jardines, cuidar bebes, limpiar habitaciones de hoteles y preparar comidas. El presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, ha dicho al respecto que: "a medida que vamos creando una economía mas compleja y acelerada, la necesidad de traer recursos y gente de otros países para que continúe funcionando sin problemas, es de gran importancia". Sería entonces cuestión de prestar atención a la propuesta del presidente Vicente Fox y dejar que los beneficios del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) se extiendan a los trabajadores de México y crear una nueva categoría de visados para ciudadanos mexicanos con habilidades básicas que vendrían a tomar puestos de trabajo que ningún norteamericano desea aceptar por tratarse de actividades monótonas, repetitivas y que no constituyen ningún desafío en lo profesional. Obviamente, debería aplicarse fuertes multas a quienes han venido violando las leyes migratorias, para no ser injustos con los que hacen el esfuerzo de cumplirlas al pie de la letra. Esta solución tendría, desde el punto de vista de la seguridad nacional, una enorme ventaja: los organismos de seguridad e inteligencia de Estados Unidos contarían con información detallada de cada inmigrante mexicano: nombre, apellido, lugar donde viven, actividades que desarrollan y huellas digitales al día. No caben dudas de que en tiempos de terrorismo global, es bueno minimizar el número de indocumentados de los que no se tiene ningún tipo de registro. En el nuevo escenario, tendríamos inmigrantes mexicanos felices de respetar la ley y alimentar a sus familias, trabajando legalmente en las mismas actividades que lo hacen hoy en día, pero pagando los impuestos correspondientes y colaborando con los oficiales de migraciones. Las autoridades de seguridad tendrían precisa información sobre el paradero de estos trabajadores y el tipo de tareas que realizan. A partir de esta nueva situación, sería clave el esfuerzo conjunto de Estados Unidos y México en la lucha contra el narcotráfico en la frontera y la efectiva detención de potenciales amenazas a la seguridad del territorio norteamericano.