lunes, febrero 21, 2005

Kromagnon

Hay suficientes indicios de que el gobierno sabía los detalles del affaire de las tres valijas con sesenta kilos de cocaína que la empresa favorita del oficialismo Southern Winds había transportado al aeropuerto de Madrid. Lo que parece ser un encubrimiento deliberado se ve reforzado por la purga dispuesta en la cúpula de la Fuerza Aérea. Si el gobierno sabía y descabeza a la fuerza porque no le había contado, no es difícil inferir que esta medida espectacular estaba destinada a endilgarle a los militares una responsabilidad oficial.

El principal problema del señor K es que sus asesores tienen intereses propios. La izquierda setentista sigue su venganza ilimitada contra los militares que impidieron que transformaran a la Argentina en una Cuba en la década del 70 y el presidente creyendo, como varios jueces, que la cercanía con ese sector agresivo le da impunidad ilimitada para otros menesteres poco enaltecedores, les firma todo lo que le piden. En este caso el ideólogo montonero Horacio Verbitsky lo tentó a que "se sacara" el escándalo de encima tirando el fardo sobre los brigadieres. Peor consejo no pudo haber recibido el señor K. Fue él quien instaló que la responsabilidad estaba en las más altas esferas, en lugar de circunscribir el asunto a una investigación más de un hecho delictivo. Todos nos preguntamos ahora ¿si todos los subordinados de un señor fallan, la falla no está en ese señor? K es presa de su propia tela de araña.

El señor Rodríguez Zapatero es algo más inteligente que nuestro presidente. No es que no tenga un Verbitsky que le proponga locuras y lo incite a enemistarse con todo el mundo. No lo tiene, en efecto, pero igual no sería tan poco astuto, a pesar de que no le sobran luces. Por algo es que en España los chistes son de argentinos y no de gallegos.

Si de la Argentina salió la droga y entró en España, el problema peor lo tiene España. Si mereció una purga en una fuerza lo ocurrido aquí, cualquiera diría que en la península causaría la caída de la monarquía. Uno puede recorrer los medios españoles y ver que el tema adquirió importancia política sólo en relación a lo que ocurría en Argentina. Y esto no es porque los españoles son menos perspicaces, ni, por cierto, que nuestro periodismo vendido al oro estatal sea más perspicaz. Es que ellos, a diferencia nuestra, no viven un proceso troskysta de revolución permanente en el que cualquier inconveniente conmueve los cimientos del sistema. España es un país entero, la Argentina es el recuerdo de un país.

La empresa favorita del señor K, una de las que pensaba utilizar para demostrar lo maravilloso que es el estatismo, seriamente involucrada en el tráfico de drogas. Todas las operaciones de esta actividad se realizaron durante el gobierno kakista, y contando con los subsidios kakistas. Dineros públicos argentinos fueron utilizados para beneficio de una red de narcotraficantes. Siempre es maravilloso para algunos el estatismo, que son justamente los que lo añoraban y consiguieron volver al poder y sus nuevos aliados distribuidores de estupefacientes.

Gracias a la sobreactuación oficial, la información produce muchas sorpresas inconvenientes para los planes políticos kakistas. El diario oficial Página 12 se ocupó este domingo del juez Liporace que tiene a su cargo la investigación. Habló de un largo historial de irregularidades en su actuación pública como fiscal y como juez. Toda esa información estaba a disposición de Página 12 quince días atrás. Sale a la luz ahora como un mensaje invitando al juez a disciplinarse. El mismo juego que ha hecho la ultra izquierda con varios de los peores jueces nombrados en la década del noventa. Jueces que manejan un Porsche, que cobran alquileres de departamentos que no están a su nombre, que poseen campos en Entre Ríos, que no son molestados porque han hecho lugar a todos los horrores jurídicos que los terroristas argentinos quisieron imponer en nombre de los "derechos humanos". Su suerte, como la de Liporace, durará mientras dure su "buena conducta". Alguna vez comparé a la Argentina con esa pesadilla futurista que es la película Blade Runner. Pero siempre la realidad supera a la ficción.

Delirios televisivos de los fabricantes de pobreza

Por Gustavo Lazzari
Fundación Atlas



El presidente de Venezuela Hugo Chávez y el presidente Argentino Néstor Kirchner se entusiasman en reuniones bilaterales con el proyecto conjunto de Televisión del Cono Sur. La idea del Presidente Hugo Chávez es lanzar una señal de noticias de Sudamérica similar a la CNN.

Un delirio de estas características es esperable del presidente venezolano. Un militar disfrazado de mandatario con un loro que lo que acompaña a sus interminables monólogos televisivos.

Lo sorprendente es que nuestro presidente le de cabida a semejantes sandeces.

Argentina y Venezuela tienen varias similitudes, que lejos de estrechar lazos, constituyen una vergüenza colectiva:

  1. Ambos países digitan la prensa mediante la publicidad oficial. El gobierno argentino subsidia diarios y medios radiales y televisivos a cambio de tapas, titulares y tratamientos benévolos para los principales funcionarios. La desaparición de algunos temas de interés (inseguridad, pobreza, Cromagnon) invita a pensar que los censores del gobierno ya sugieren sobre los editoriales y las líneas de acción de los diarios. Algunos medios gráficos en la Argentina reciben hasta 7 veces el valor de tapa en materia de publicidad oficial. Hasta en el manipuleo de la prensa son derrochadores. Es más barato imprimir un pasquín y mandarlo por correo a los lectores que mantener el respirador artificial de empresas periodísticas inviables.
  2. Ambos países tienen ya una TV estatal en bancarrota con bajos ratings y politizada dirección.
  3. Ambos países tienen un frondoso superávit y sus presidentes parecen entusiasmados en gastarlo en proyectos faraónicos y megalómanos.
  4. Venezuela tiene 70% de la población bajo la línea de la pobreza. La Argentina, aún dos años después de la administración progresista y transversal de Kirchner, tiene 50% de pobres.
  5. Las administraciones públicas de ambos países nadan en la abundancia. Venezuela disfruta de la renta petrolera. El estado argentino rinde culto a la soja.
  6. La performance institucional de ambos países es precaria. Tanto Argentina como Venezuela tienen parlamentos virtuales, disminuidos y desconsiderados y han manipulado la Corte Suprema.

Es necesario que el presidente Kirchner cambie la actitud hacia Venezuela. Un fabricante de pobres, miseria y corrupción como Chávez no puede ser amigo de la Argentina.

El proyecto de Telesur debe ser abortado por el lado argentino y no debemos perder tiempo y dinero en una señal que no podrá competir ni contra una repetición de algún noticiero de antaño. Nuestro país tiene otras prioridades antes que satisfacer el sueño de galán frustrado del líder venezolano.

lunes, febrero 07, 2005

La verdadera impunidad

La semana pasada el Congreso cometió otro acto de sumisión al Poder Ejecutivo con la ley que prohíbe al gobierno mejorar la oferta de canje a los acreedores de la deuda pública. Un verdadero esperpento jurídico, un acto denigrante para la conducta que un país que se respete a sí mismo debería seguir.

Muchos economistas defenderán la "eficiencia" de la medida en cuanto incentive a los bonistas a ingresar en el canje, del mismo modo en que una pistola 9 milímetros suele cumplir su cometido de convencernos de entregar la billetera en un asalto callejero. Festejan los eficientistas como festeja una banda ante la visión del botín distribuido sobre la cama. Nadie podría convencerlos de que no hay nada que festejar.

La visión colectivista no tiene respuesta dentro de la misma visión colectivista. Si no se es consciente de que unas personas no pueden ser sacrificadas por el beneficio de otras, el asalto, que es el modo de vida permanente del Estado argentino y que tanto gusta a la población, siempre podrá ser defendido como "lo mejor" con una planilla de cálculo en la mano.

La actuación del Congreso apareció como algo normal. Al lado de eso todo el mundo asumía que con la incorporación a la Corte de la doctora Carmen Argibay como la última delegada del señor K, el mandamás de la Argentina por fin tenía "mayoría propia" en el máximo tribunal. Todo esto sin vergüenza, no solo de parte del gobierno de idems que padecemos, sino de los cronistas embrutecidos o enriquecidos que se han convertido en el último eslabón de sostén del estado asaltante.

Por eso no puede sorprender que cuando el Congreso actúa para defender los derechos y garantías individuales que es la única misión que hace justificable la existencia del Estado, el sistema entero reaccione con la vergüenza que debería sentir en el resto de las situaciones. Me refiero a la Ley 25.990 que restablece la sensatez en materia de prescripción penal. Nuestros cronistas embrutecidos o enriquecidos informarán mal y dirán que se "acortaron los plazos de prescripción" aunque sea falso, y que se consagró la "impunidad" cuando en realidad se terminó con la industria del secuestro extorsivo manejado por una banda aceitada de Comodoro Py, con ramificaciones políticas y mediáticas.

De hecho las "quejas" y la campaña contra la ley que no hace más que restablecer la sensatez y el sentido común para interpretar qué hechos interrumpen la prescripción de los delitos, sólo proviene de la maldita justicia federal de la Capital, donde están todos los negocios de cajoneo, expedientes con pulmotor y extorsiones políticas y económicas. Basta ver la forma en que algunas prescripciones son interrumpidas citando a los imputados a ampliar indagatorias sin nada nuevo que preguntar para sospechar con fuertes fundamentos un interés espurio en mantener causas "vivas" eternamente. Y si eso no basta, sobra con ver que jueces se preocupan en plazos legales de prescripción o en "perder" causas, demostrando un interés en el resultado de los procesos que los inhabilita como jueces.

El fenómeno de la prescripción convertida en chicle de los últimos años se utilizó contra militares y políticos, no para luchar contra la corrupción, sino para hacerla posible mediante extorsión o negociaciones políticas en las que la libertad de las personas opera como el gran rehén. El fin del Estado en un estado de derecho (que es lo opuesto al estado de izquierdo) no es "terminar con la impunidad" sino terminar con la ilegalidad y con la arbitrariedad al mismo tiempo.

Es fácil aparecer como el perseguidor de los corruptos, si se trata de corruptos a los que no es necesario probar que lo son en un país en el que la suspicacia es dogma, y en el que el mantenimiento de causas abiertas, a pesar de que no se llega a nada con ellas, es el medio para reemplazar el castigo legal, justo y con garantías, por un martirio permanente que sólo facilita la labor de delincuentes que comenten crímenes más graves que los de llevarse plata.
Jugando con la ignorancia de la gente, de eso se trata la decadencia de la Argentina, los perversos hacen negocios y ganan elecciones. Los detractores de la legalidad tientan a la población con el caramelo de "terminar con la impunidad". Un truhán siempre encontrará un público dispuesto a ser engañado, decía Maquiavelo.

Se dijo:

Respecto de la valoración de la población a los equipos gobernantes de los últimos treinta años:

"Hasta ahora se salva de ese estigma el actual presidente Néstor Kirchner, porque asumió en el momento más negro de la crisis, coincidente con la inversión del ciclo económico, y porque se ha erigido en inflexible crítico de todo lo anterior y propone el regreso a una mítica edad dorada anterior a la dictadura con la que comenzó el proceso de degradación de la que había llegado a ser la sociedad más desarrollada y equitativa del continente. Nadie es tan consciente como él, tampoco, de la fragilidad de la capa de hielo sobre la que hace sus evoluciones el sistema político, apenas tres años después de la última hecatombe. No hay que acudir a la metafísica para conocer lo que sucedió: en las tres décadas transcurridas desde el rodrigazo de 1975, los ingresos populares sufrieron la regresión más brutal que en la historia moderna haya conocido un país en el que no hubo una guerra. Videla-Martínez de Hoz, Menem-Cavallo, Duhalde-Techint hicieron lo que hicieron a conciencia pura, en defensa de intereses específicos aunque distintos en cada caso. Los demás caminaron a tientas, sin saber cómo corregir el rumbo. Ibarra no representa a ninguna de esas tribus que dejaron tras de sí tierra arrasada, aunque igual que ellas encarna a esa clase política aborrecida porque se mantuvo mientras sus representados caían al abismo. El gran activo de Ibarra es Macri, quien concita mayor cantidad de rechazos que de adhesiones. Paradigma del hombre de negocios prebendario que se enriqueció con subsidios estatales desde el lopezreguismo en adelante, el presidente de Boca apuesta a repetir en la Argentina el esquema de Silvio Berlusconi en Italia, quien desde la presidencia modificó todas las leyes necesarias para garantizarse la impunidad judicial por hechos anteriores y suprimir obstáculos a la confusión entre interés público y privado".

Horacio ("el perro") Verbitsky
Ex jefe de inteligencia de la organización terrorista Montoneros
Asesor presidencial
Delegado de la Fundación Ford en la Argentina
Columnista del diario oficial Página 12

El actual infierno kakista se explica mejor si uno se entera de cuál es la concepción de paraíso (la "edad dorada") para el gran gurú de la ola de montonerismo que invadió a la Argentina: El gobierno de Isabel Perón. Incluirá seguramente al anterior experimento montonero, el del gobierno de Cámpora. En ese período ubica el ideólogo oficial al de mayor desarrollo.

Hay que reconocerle al "perro" una gran habilidad panfletaria para construir historia recortándola convenientemente. En su racconto de los últimos gobiernos olvidó la existencia de uno de sus favoritos y defendidos, casi tan delegado de sus deseos como el actual: De la Rua (que también es "De la Rua-Cavallo" en un período importante), así como pasó por alto el terremoto hiperinflacionario de alguien que para él será un procer, como Raúl Alfonsín.

Pero el más curioso de todos es el que menciona como "Duhalde-Techint", porque también debiera hacer la misma ironía respecto de su jefe y acordarse de los grandes privilegios (que se concretan en enormes transferencias de recursos como las de las retenciones a la exportación de chatarra cuyo único beneficiario es el grupo de los señores Rocca) que su propio gobierno concede a esa empresa para-estatal. "Kirchner-Techint" es tan cierto como "Duhalde-Techint". Aún siendo tan olvidadizo es un tanto exagerado que dejara afuera a sus otros jefes. El gobierno de Duhalde también fue el gobierno de "Duhalde-Clarín". La izquierda es sólo eso en la Argentina: mentir u olvidar.

No podemos dejar de comentar la caracterización de Ibarra como alguien que no perteneció a ninguna de las tribus que dañaron a la Argentina. Ibarra es, como diría Jorge Asís, el último mohicano del frepasismo, cuyos miembros en su totalidad terminaron padeciendo un justificado repudio público, a pesar de que nos prometieron, con Verbitsky, manijeados por él, un paraíso ONGísta del que sólo vimos un colapso jamás igualado en el 2001.

El único punto cierto es que Ibarra no puede tener un rival más conveniente que Macri. Una persona que reniega de sí misma y no se decide a ser nada por lo que valga la pena tomar partido. Pero aún en este punto Verbisky es atacado por cierta amnesia selectiva. Cómo puede el gran personero del diario más beneficiado por el Estado en relación a su tirada, hablar de empresarios prebendarios. Verbitsky es casi exclusivamente un empleado estatal y Página 12 figura en un lugar de privilegio entre las empresas que viven esquilmando al Estado los dineros que el resto debemos pagar con impuestos.

¿Quién es Ayn Rand?

(texto de la conferencia dada por José Benegas en el Instituto de Cultura Argentino-Norteamericana -ICANA- organizado por la Fundación Atlas, el 2 de febrero de 2005, al cumplirse los cien años del nacimiento de Ayn Rand)

Unos diez o doce años atrás llegó a mis manos el primer libro de Ayn Rand que fue El Manantial que la Editorial Grito Sagrado acaba de reeditar en castellano. Había oído hablar de ella y muy bien, pero después de terminar el libro me di cuenta de que no le habían hecho justicia.
Durante algún tiempo no pude parar de leer todo lo que había escrito.

Después me enteré que la misma sensación de quiebre entre un antes y un después de esta lectura la tuvieron los millones de personas que leyeron sus obras. Ayn Rand con su pensamiento se había liberado del yugo soviético física, intelectual y filosóficamente como ningún exiliado del comunismo había podido hacer. A su vez identificaba las semillas de colectivismo que estaban germinando en el propio corazón del mundo (más) libre.

Me parecía asombroso que los libros de Ayn Rand (algunos) sólo pudieran conseguirse luego de una búsqueda ardua en locales de libros usados en alguna vieja colección de clásicos. ¿Quién es Ayn Rand?, contestaban los vendedores.

En 1991 el club de lectores de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos realizó una encuesta entre sus socios preguntándoles cuál había sido el libro que había marcado la diferencia en sus vidas y cuál el que los había formado más. En ambos casos La Rebelión de Atlas salió en segundo lugar, respecto de la primera pregunta detrás de La Biblia y respecto de la segunda tres posiciones encima de La Biblia.

Cuando Ayn Rand recorría las editoriales con su obra El Manantial sus interlocutores no mostraban interés. Cuando salió a la venta no fue objeto de ninguna gran campaña de ventas. Su éxito rotundo fue producto de la difusión de boca en boca de lectores que lo recomendaban con el mismo entusiasmo que yo mismo había experimentado.

Ayn Rand no fue nunca una privilegiada del mundo intelectual ni una amiga de ningún establishment. No podía ser de otro modo tratándose de una persona que postulaba como ideal a un hombre independiente, capaz de construir su escala de valores usando su propia cabeza y de guiarse por su propio juicio, que no necesitaba de la dádiva ajena, ni de guías morales. ¿Qué enjuague podría hacerse con una persona así? Ayn Rand era el anti-poder.

Nos propuso una nueva forma de épica. No solo la libertad del individuo como una tímida petición de los débiles, sino la heroicidad del que decide hacer de su vida una aventura conciente. No la épica de las armas ni la épica de la política. La épica sí de sobre-ponerse a la maroma colectivista reforzando la propia identidad. La épica del hombre que conquista la naturaleza y no la del hombre que conquista a otros hombres.

Leonard Peikoff la definió en el prólogo a "Filosofía, quién la necesita" como la mejor vendedora de filosofía que haya existido. El primer capítulo de este libro es el discurso que Ayn Rand dio en la Academia de West Point en 1974. Supongan ustedes, nos dice al principio, que son astronautas que caen con su nave espacial en un planeta desconocido. Las primeras preguntas que se harán serán: Dónde estoy, cómo puedo averiguarlo y qué debo hacer. Supongan también que deciden evadir estas preguntas y ven que se acercan unos seres en el horizonte. Deciden atribuirles buenas intenciones, por mero capricho "espiritual". Pero no se vuelve a tener noticias de ustedes.

¿Por qué necesitan las personas una filosofía que los guíe?: porque es indispensable para la supervivencia y para la vida en tanto seres humanos. Porque la decisión de evadir preguntas esenciales no viene dada, sino que es producto de gente que ha pensado y lo ha hecho mal y el mundo positivista en el que vivimos les ha hecho incorporar conceptos anti-humanos, de resignación ante lo evitable y omnipotencia ante lo inexorable. Porque o enfrentan la vida con una filosofía consciente y debidamente integrada o son náufragos en un mar de pensamientos ajenos que se contradicen y no se sabe a dónde conducen.

La tarjeta de presentación de la filosofía de Ayn Rand, presente en un primer plano en sus libros es su ética. Una ética objetiva basada en valores que cualquier individuo puede adquirir.
La visión moral prevaleciente aún hoy, tal vez más que nunca, coloca como vara de las acciones al otro o a todos los otros: el altruísmo. Lo que está hecho en beneficio de otro es un buen acto, lo que está hecho en función exclusiva del propio beneficio es un mal acto. Los actos loables, para esta ética, son los "desinteresados". Vivir consiste en sacrificarse.

Es decir, expresamente la ética para el altruismo es algo que no nos tiene que interesar. No ofrece nada para nosotros. No puede hacer aporte alguno a nuestra felicidad, a nuestro goce, más allá de una promesa, no demasiado detallada, de ganar alguna clase de cielo. O peor aún, tal vez se nos dirá que la felicidad consiste en la "sensación del deber cumplido". ¿Y qué pasará con la sensación de no saber por qué algo es un deber o quién dijo que lo era, o qué nos importa lo que haya dicho ese quién?

Egoísmo nos propondrá Ayn Rand como virtud, para escándalo de la agobiante ola de altruismo esclavizante. No como una mezquindad de ermitaño que es la única forma en que la moral predominante nos lo hace ver, sino como una consciente y racional manera de centrarse en la propia felicidad sin perjudicar a ninguna persona. Para el altruismo que domina nuestra cultura sólo se puede vivir a disposición de los demás, como un medio de los otros, o como un antisocial intratable que pisa las cabezas de sus congéneres. Un verdadero infierno en la tierra.

La máxima muestra de virtud para el altruismo es el dar. Pero el hombre no puede dar nada que no haya producido alguien. Dar es un derivado, un segundo paso, después de producir. ¿Por qué exaltamos, dice Rand, al imitador y olvidamos al productor original?

La humanidad como tal ha sobrevivido por los aportes hechos por individuos con espíritu independiente. Cuando un hombre descubrió el fuego, sus hermanos lo consideraron una mala señal y lo persiguieron. Otro descubrió la rueda y tampoco fue en su momento comprendido. Galileo fue condenado sólo por describir la realidad y hacer avanzar a la humanidad. El progreso entonces no es hijo de la generosidad. Los innovadores no producen el cambio por sus hermanos, sino generalmente contra sus hermanos aún cuando éstos se beneficien.

Ninguna persona es un medio para otra sino un fin en sí mismo. Ningún individuo debe ser sacrificado por otro. El hombre es feliz proyectándose, interactuando y colaborando con otros. Pero no invadiéndolos o siendo invadido. Ama porque responde a sus valores, no porque los otros sean acreedores por nacimiento de su amor.


La parábola del hijo pródigo

Aunque pueda sorprender, y sin dudas sorprendería a Ayn Rand, una buena alegoría del modo en que la ética funciona en la visión objetivista (objetivismo llamó Rand a su filosofía) es la parábola cristiana del hijo pródigo.

Un padre tiene dos hijos. Uno de ellos deja la casa paterna y se aventura a una vida de placer y disfrute sin responsabilidad. Durante un tiempo no se sabe de él.

El otro hijo permanece junto a su padre y lo ayuda en sus tareas. Cumple con todo lo que se espera de él. Puede decirse que es un hijo abnegado.

Cierto día el hijo pródigo regresa y el padre ofrece un banquete para recibirlo. El hijo obediente se queja por considerar injusto que pese a su conducta no se lo premie.

Quienes creemos en la libertad y en la responsabilidad hemos tenido problemas con esta parábola. Parece que el mensaje fuera premiar la irresponsabilidad y quitar valor al apego a las normas.

Sin embargo ¿la situación es injusta en base a qué escala de valores?

El hijo obediente no parece haber encontrado ningún motivo personal para quedarse junto a su padre y ha seguido un plan ajeno. El esgrime la obediencia como su mérito. Espera aún un premio porque nada había para él en su abnegación, desinterés y sacrificio. Aunque esto en realidad es una tautología. Nunca puede haber nada para uno en la abnegación, desinterés y sacrificio.

Si el hijo obediente hubiera actuado de acuerdo a sus convicciones en búsqueda de su propia felicidad, simplemente se hubiera sumado al festejo del regreso de un ser querido y le hubiera transmitido a su hermano pródigo cuánto perdió por haberse ido.

El hijo pródigo por su parte se aventuró al error o al acierto pero buscó su felicidad. Parece haber descubierto una escala de valores por sí mismo; ni siquiera regresa por el banquete, lo hace en búsqueda de lo que no pudo encontrar en su aventura.

El padre por su parte no premia. Expresa su alegría, también responde a su escala de valores.
Asombrará a los cristianos, a los liberales y hasta a los randianos, pero en mi opinión la parábola del hijo pródigo es la lección de ética objetivista más clara que podemos encontrar.


Adquisición de valores

El ser humano no viene al mundo con una escala de valores. Debe descubrirla. Los objetos físicos, no se pierden, se transforman. Siempre están ahí. No necesitan una meta, no requieren valores. La vida en cambio es lo único sobre la Tierra que puede desaparecer. El valor es una referencia para la vida. Aquello que se requiere para la subsistencia. Cuando seguimos esa escala de valores no hay algo parecido a un sacrificio. ¿Cuál es el sacrificio de buscar la felicidad? Hay costo, como en cualquier acción, pero la idea de sacrificio implica sólo un costo y tal vez como único beneficio la supuesta satisfacción de pagar ese costo y cumplir con el plan colectivo divino o de quien sea.

El hombre al contrario que los animales posee un mecanismo de adaptación al medio mucho más flexible. Su código de conducta no le viene impreso, sino que lo descubre por medio de la razón. El hombre posee voluntad y es libre de escoger valores. Puede evadirlos inclusive y actuar en contra de ellos pero no puede evitar las consecuencias que se seguirán de ello. Los valores son en ese sentido objetivos y deben ser descubiertos.


A es A

El ser humano cuenta con la estructura adecuada para adquirir valores que es la razón. Pero lo primero que debe aceptar es la supremacía de la existencia. Hay una realidad fuera de la conciencia del hombre que puede ser conocida. Es lo suficientemente firme como para que la razón pueda comprenderla, sin ser por eso omnisciente. Otorgar primacía a la existencia es reconocer la realidad. Lo opuesto es dar supremacía a la conciencia y creer que el hombre crea a su voluntad el mundo que lo rodea.

En uno de los capítulos de "Filosofía, quién la necesita" Ayn Rand alude al lema de Alcohólicos Anónimos: "Señor, dame serenidad para aceptar aquello que no puedo cambiar, coraje para cambiar aquello que sí puedo cambiar y sabiduría para reconocer la diferencia". Es un caso muy significativo el de este lema para esta institución, porque no se trata de un postulado psicológico típico, sino uno de tipo filosófico. Al mal de las personas que evaden la realidad por medio del alcohol, se lo combate con una correcta ubicación del sujeto en el contexto, en la realidad que lo rodea haciendo una tajante afirmación de la supremacía de la existencia.

El hombre es un creador en un sentido limitado. El no puede alterar las leyes que gobiernan el mundo. Puede sí, a lo sumo, servirse de ellas, combinarlas y hacerlas jugar en su favor. Francis Bacon decía: "La naturaleza para ser dominada debe ser obedecida".

Nosotros doscientos años atrás, basándonos en las leyes naturales que nos vemos compelidos a respetar y aceptar y lo que conocíamos de ellas, hubiéramos dicho que una persona no podía desde Buenos Aires hablar con otra en París. Lo que lo hizo posible fue el descubrimiento de fenómenos naturales como las ondas electromagnéticas, que debidamente tratadas permiten que nuestra voz viaje a una velocidad increíble a través de cables y satélites. Todo eso es puro aprovechamiento de la naturaleza, respetando sus reglas.

Parte de esa existencia externa a nosotros son los otros hombres. Aceptar su naturaleza es aceptar que son seres racionales y libres que poseen una voluntad y persiguen y eligen sus valores, igual que nosotros. Aceptar lo dado respecto del hombre es tomarlo como es y tratarlo como tal. Los salvajes en cambio, nos dice Ayn Rand tratan de conquistar a sus congéneres y ruegan a la naturaleza con oraciones. Pero tiene tanto sentido utilizar la fuerza con el hombre como intentar persuadir a la naturaleza, nos enseña.

En tanto los actos de los hombres son libres, aún cuando no puedan ser forzados, pueden ser juzgados y criticados en función de una escala de valores. Las elecciones de los otros son también un hecho dado para nosotros. Un individuo tiene la potencialidad para ser o no un sinvergüenza, pero en tanto elija serlo debe ser tomado como tal.

Así dicho, la diferencia entre lo que debemos aceptar y lo que podemos cambiar parece sencilla, pero vivimos en un mundo que actúa al revés, y dentro de ese mundo tal vez la Argentina sea el caso extremo. Hace unos días viajaba a Uruguay. Estaba en el preembarque en Aeroparque a punto de embarcar, cuando se nos anunció que se estaba realizando una "asamblea informativa" de empleados y por tanto se suspendían los vuelos por tres horas. La gente veía que otras compañías despachaban sus aviones sin inconvenientes y no se nos daba explicación alguna. Nadie protestaba. Imaginaba en ese momento a estos pasajeros frustrados recibiendo la noticia de que antes de ingresar al avión se los golpearía un poco con un bate de béisbol para ablandarlos y supuse que hubieran tenido la misma reacción: nada.

En contraste con esto el último fin de semana Buenos Aires sufrió un fuerte temporal. El cruce en ferry de Uruguay a Buenos Aires quedó suspendido en razón del clima. La reacción del público en este caso fue de indignación. Pedían explicaciones de la empresa y despotricaban contra el atraso que estaban sufriendo. Hablaban mal del servicio y, como no podía faltar, aludían negativamente al afán de lucro de los empresarios. Uno de los pasajeros protestaba porque no había previstas camas para que pudieran dormir.

Estos dos episodios nos hablan de gente que ni siquiera es alcohólica pero parece pensar al revés de cómo debiera. El sindicato y la patota de empleados son tomados con resignación, y a la tormenta "ni justicia".

También se ven las consecuencias políticas de esta confusión filosófica. Podemos revelarnos contra la realidad pero no la conmovemos. Los que no la aceptaban no pudieron detener el temporal, ni tampoco pudieron por cierto los dueños de los ferrys. El resultado de la no aceptación de la realidad que no puede cambiarse es siempre el ejercicio de la arbitrariedad contra personas que no son responsables. El sindicalista patotero es obedecido y hasta avalado moralmente. El empresario es tratado como un criminal.

Están de moda entre nosotros las teorías deterministas en materia de seguridad, según las cuales los delincuentes cada vez más agresivos son víctimas de la sociedad a las que se les puede aplicar una relación causa efecto, sin aceptar al ser humano como es: libre y racional. Entonces parece ser que todo delito es consecuencia de la pobreza del criminal (que es la misma "causa" por la que la mayoría de las personas trabaja). Pero cuando ocurre un accidente en la calle y una persona atropella a otra, sobre todo si el auto es de alguna marca cara, nuestros mismos "garantistas" salen a pedir los máximos castigos. La consecuencia de esta filosofía invertida es en este caso que vivimos en un país cada vez más peligroso.

La inversión de los términos altera todo en la vida del hombre. Produce omnipotentes arbitrarios o sumisos esclavizados, todos ellos fuera de la realidad, poco aptos para la subsistencia y peligrosos. Nuestra política es el reflejo de esta situación.


Un milagro que fue todo menos milagro

Un excelente ejemplo del sentido de la vida de Ayn Rand y hasta de su filosofía política dado por un hecho de la realidad, es el llamado "milagro de los Andes" reflejado en la película "Viven". En 1972 un avión de la Fuerza Aérea uruguaya se estrelló en medio de la cordillera de los Andes. Cuando ya se los había dado por muertos a todos sin que el avión hubiera sido hallado y luego de setenta días en la montaña 16 de los 45 pasajeros consiguieron sobrevivir.

En un primer momento el grupo de los primeros sobrevivientes del accidente obedeció a un líder histórico que era el capitán del equipo. Su liderazgo se basaba en la autoridad establecida de antemano como primus inter pares del equipo, en su carisma y en su don de mando. Se ocupó de racionalizar las primeras provisiones y distribuirlas y con gritos manejaba a sus compañeros de tragedia. Con una radio oía las noticias de cómo los estaban buscando. Todos rezaban esperando que llegaran sus salvadores.

Este liderazgo colapsó cuando por la radio supieron que las operaciones de búsqueda habían sido abandonadas. El capitán del equipo se deprimió y se le acabaron las respuestas. Pero de repente surgió otro liderazgo de manera natural. Fernando Parrado era una persona tímida. No aparecía a los ojos del sistema de valores predominante como alguien destacable. Había perdido a su madre y a su hermana en el accidente y sentía la necesidad profunda de que su padre, que era el único miembro de la familia que había quedado en el Uruguay, supiera que no estaba solo.
Parrado llevó a los demás sobrevivientes a aceptar la situación en la que estaban: que se encontraban solos, que no habría salvadores y que los únicos que podían hacer algo para volver a sus casas eran ellos. No les hizo grandes discursos trascendentes, no les gritó, les habló de la existencia, de la supervivencia, de las montañas, del frío, del hambre y de la soledad y los invitó a la aventura de sobrevivir por sí mismos con los elementos con los que contaban. Utilizó la persuasión basada en el conocimiento. No daba órdenes, mostraba realidades.

Una situación límite llevó al grupo a adoptar una ética objetiva, aceptar aquello que no podían cambiar y obrar sobre lo que si podían cambiar. Tenían pocas oportunidades, pero eran las únicas. Una filosofía correcta les salvó la vida.

Por desgracia vivimos en un mundo que no ha hecho ese cambio. Hay una gran cantidad de mejores líderes como Fernado Parrado esperando un contexto racional en el cual desenvolverse, tapados mientras tanto por la arbitrariedad y el autoritarismo. Este no es todavía el mundo de los productores, sino el mundo de los parásitos, de los demagogos y los truhanes disfrazados de benefactores de la humanidad. Pero esas son nuestras propias montañas y no hay más remedio que encarar la aventura de cruzarlas.