lunes, septiembre 22, 2003

El caballo de Troya de la reforma política

Página 12 (“el boletín oficial” como lo denomina Zamora) anunció la puesta en marcha de un ambicioso plan para concentrar el poder del kirchnerismo y tal vez para convertirlo en omnímodo. Lo llama “reforma política”, pero bajo la fachada de una modernización electoral, se intentará colar una reforma constitucional que colocaría al país en estado de asamblea y terminaría con lo que queda de república.
Según el diario, que suele hablar por el Gobierno del señor K, se convocará a determinadas ONG, cuidadosamente seleccionadas, para que se pronuncien sobre la implementación de iniciativas tales como el voto electrónico o la terminación de la lista sábana rotuladas como “reforma política”, pero llevada a cabo mediante una reforma constitucional que instrumente un sistema parlamentario en reemplazo de la forma republicana de gobierno actual.
Un cuento para niños. El gobierno nos subestima, o tal vez nos conoce bien. Si al decir de James Neilson, pudo resucitar un cadáver político como Ibarra y convertirlo caudillo virtual de la Ciudad de Buenos Aires, cuál es el límite de la capacidad de ilusionar del oficialismo es algo que está por verse todavía.
Ninguna reforma electoral requiere una reforma constitucional. Pero los planes de concentración del poder del gobierno si requieren de una fachada simpática que sume incautos.
La reforma constitucional llevaría al país a un estado de asamblea que le otorgue a K su “hegemonía transversal”, en detrimento de los poderes constituidos.
El duhaldismo comprará también la idea. Un sistema parlamentario posibilitaría a la provincia con mayor cantidad de diputados, adueñarse de la Argentina. El problema es que tal vez la trampa sea doble y que el deseo verdadero no sea llegar al sistema parlamentario, sino a una asamblea constituyente dominada por el “kirchnerismo transversal” que se declare soberana y ponga al país en estado de revolución permanente.
Preocupación por el cumplimiento de la constitución o por no excederse en el uso del poder, es algo que el presidente no ha demostrado en lo poco que lleva en el cargo.
A final de cuentas Fernando de la Rua podrá algún día ser recordado por algo positivo. Hasta ahora, desde las elecciones de 1983, ha sido el único que no intentó copar la Corte Suprema de Justicia ni reformar la Constitución en su favor. Curiosa estadística en un país en el que todos dicen ser custodios de la “calidad institucional”.
Alfonsín quería basar su también hegemónico “tercer movimiento histórico” sobre la base de reemplazar la forma republicana de gobierno por un parlamentarismo a la francesa. Quiso también elevar el número de miembros de la Corte, pese a que los cinco jueces que la formaban en ese momento, habían sido designados por él.
Menem, llevó la Corte a nueve miembros y cuando nadie creía que lo lograría por faltarle mayoría suficiente, consiguió reformar la Constitución con ayuda del propio Alfonsín. El resultado fue ese “mamarracho”, como él mismo la denominó, que salió de la constituyente en 1994.
El gobierno anuncia ahora bajo la hipócrita mascarada de una reforma política, la gran adulteraración constitucional: el sistema parlamentario puro. Todo el poder al mismo Congreso que una vez dictó la intangibilidad de los depósitos, para luego arrasar con ellos. Otra vez sancionó la convertibilidad, y luego la derogó provocando una devaluación del trescientos por ciento. Un día abrió un proceso circense contra toda la Corte Suprema de Justicia haciéndola cargo de sus propios pecados; pocos meses después lo cerró por orden presidencial y ahora lo volvió a impulsar como si nada hubiera pasado. El mismo Congreso que se arrogó la facultad de declarar la nulidad de sus propias leyes y festejó el default como si se tratara del día de la independencia. Ese Congreso sería, si la reforma se hiciera como se anuncia, la nueva base del poder en la Argentina.
No es precisamente mala suerte nuestro problema con el Congreso. No se trata de los peores políticos de la tierra que nos tocaron todos juntos a nosotros. Si fuera así, el irresponsable “que se vayan todos” lo solucionaría. El asunto es más complejo.
El sistema republicano supone tres poderes independientes, dentro de un gobierno limitado. La república ilimitada y clientelística ni siquiera es república y no puede funcionar. En un estado clientelístico como la Argentina, donde 2 millones de personas son mantenidas con dinero repartido por el gobierno, una buena parte de la población subsiste del empleo público y otro tanto está asociada a la actividad estatal, se torna ilusoria la división de poderes. El estado repartidor genera la hegemonía de los caudillos.
La base del sistema político ya no es el elector, sino el cliente del gobierno. Los legisladores se convierten en dependientes directos del Poder Ejecutivo, quién maneja el presupuesto. La pirámide del poder se invierte.
El presidente maneja a los legisladores porque éstos mantienen su poder por medio de dinero y dádivas. A su vez, colapso económico mediante, el Estado es el principal anunciante de los medios de comunicación. La Justicia, jaqueada desde el gobierno, amenazada por el Congreso y vituperada desde la prensa adicta, se convierte en un títere que hace realidad los deseos de venganza o persecución expresados por el poder. Todo ello en nombre de la república, de la que no queda sino una cáscara disecada, testigo de la mediocridad reinante.
La reforma que se propone realizar el gobierno, implica construir una cáscara todavía más afín a la patria clientelar. Un sistema parlamentario permite concentrar todo el poder en un solo lugar. Algo así como una empresa que se propone realizar una integración vertical para abarcar toda la cadena de producción.
Un sistema parlamentario daría todavía más poder a la Provincia de Buenos Aires que el que tiene actualmente (por eso Duhalde y Alfonsín comprarán la idea como propia), porque el número de legisladores que elige alcanza un número abrumador en relación con el resto de las provincias. Veremos cómo reacciona el interior a esta iniciativa.
Para llevar a cabo el plan, el oficialismo contará con la ayuda cómplice o ingenua de algunas organizaciones no gubernamentales como Poder Ciudadano (ya asociada al Gobierno a través de Marta Oyanarte, a cargo justamente de la reforma política), Conciencia, Reforma Electoral Ya, y alguna otra que al poder se le ocurra consultar, con el requisito de que no sea de las que se preguntan cosas importantes y que interpreten que la lista sábana es el gran mal de la Argentina, como si el problema fueran los individuos electos en el número 20 de la lista y no directamente quienes las encabezan.
Pero olvidando ese detalle, la sábana será ahora el centro del poder en la Argentina y tal vez estas ONG que han hecho el centro de su actividad detalles de ese estilo mientras la republica era arrasada por el clientelismo y se cometían enormes transgresiones constitucionales, ahora hagan el papel de convalidar un asalto a la institucionalidad que termine con lo que queda de la Constitución Nacional de un solo plumazo.
Lo peor es que el parlamentarismo clientelar que se promete, puede ser el mal menor de todo el plan. En el año 1994, supuestos progresistas liderados intelectualmente por Elisa Carrió, hirieron gravemente el corazón de la Constitución diluyendo los derechos individuales con la incorporación de crípticos tratados internacionales. En esa época el gobierno sólo se proponía lograr su reelección y permitió la lesión al sistema constitucional como un costo. Ahora el poder pertenece a quienes admiran regímenes totalitarios como el cubano y personajes como Vilma Ripol, Miguel Bonasso y Elisa Carrió, ya sin freno alguno en medio de la locura general que afecta a la Argentina, llevarían la voz cantante de una asamblea constituyente que se auto proclame soberana y consagre el horror jurídico como la única ley.
El señor K no se conforma con poco. Lograría así el máximo poder. El de un poder único y omnímodo. Una gobernabilidad al mejor estilo dictatorial.

El voto comprado

La Fundación Bicentenario acaba de publicar un estudio sobre el llamado Plan Jefes y Jefas de hogar que demuestra la correlación entre votos obtenidos y reparto de de dinero por el gobierno.
Además de los conocidos fraudes que la Fundación detecta, vale la pena reproducir la relación planes/votos que muestra el estudio para el conurbano bonaerense.

Ver archivo Planes.xls

Los seguidores de Juan Bautista Alberdi en el siglo XX

Por Meir Zylberberg (*)

Cuando terminé el curso de doctorado en Ciencias Económicas, en la Universidad Nacional de Buenos Aires, a fines de la década del 50, me surgió una grave duda. ¿Qué diría yo si me preguntan qué es Economía?.
Las dos materias correspondientes que se dictaban en la Facultad estatal, se llamaban Economía Política y Dinámica Económica. Teníamos en Buenos Aires al Instituto de Economía Social de Mercado, el Centro de Difusión de la Economía Libre, libros de prestigiosos autores sobre la Economía socialista y numerosos ensayos sobre la diversidad de los Sistemas económicos.
Luego me sobrevino un segundo interrogante. ¿Cómo con el mismo término de Economía se podía científicamente denominar a dos circunstancias tan contradictorios como la Libertad y la Coacción. De ahí nació el tema de tesis que valió mi doctorado.
A medida que fui desarrollando la investigación descubrí, que no solamente en las conversaciones comunes, sino en el campo supuestamente académico se usan expresiones carentes de sentido.
Hablar de Economía social es expresar una redundancia. El eje de lo económico son los precios y estos no pueden existir en otro ámbito fuera de lo social. La lógica es más que expresiva. Si uno compra, otro vende.
El fenómeno económico es característico de los seres humanos. Los animales carecen de toda noción de intercambio pacífico, intencional y voluntario de bienes y servicios.
Mientras los animales, para sobrevivir, están sometidos al medio ambiente, el ser humano adecua a éste, a sus necesidades y deseos. La noción de propiedad se encuentra asociada con el concepto de costo de los bienes y servicios ajenos. Solamente mediante la imaginación e innovaciones creamos la abundancia y el mejoramiento de los niveles de vida.
En cuanto a que los recursos son escasos, y las necesidades muy superiores, era ya muy bien conocido, por la Humanidad, mucho antes que aparecieran los economistas.
La difusión del fenómeno económico resultó, así, ser el germen de la civilización.. Es en todos los casos, la tercera posición entre el aislamiento y la violencia.
Entonces aparece otra cuestión. ¿Qué sentido tiene la palabra social seguida de términos tales como Capitalismo, Bienestar, Acción, Desarrollo, Previsión, Legislación, Política, Medicina, Educación?. Mi respuesta a este interrogante fue y sigue siendo que se trata de una estafa intelectual de la que son cómplices, muchos políticos, literatos, directores y actores de cine y teatro, líderes religiosos y gran parte de los medios masivos de comunicación. En todos los casos estos personajes buscan justificar con lenguaje solemne el uso de la fuerza, por parte del Estado u organizaciones corporativas y gremiales, para imponer valores que ellos consideran supremos.
Se calcula en cien millones, el número de muertos, a raíz las experiencias socialistas, del siglo pasado. Estos modelos estuvieron cabalmente representados por el comunismo, nacional-socialismo, fascismo, maoísmo. Los resultados devastadores de las distintas variantes colectivistas africanas y de América latina, que aún subsisten, ponen de relieve la obra destructiva de los movimientos contra-culturales partidarios del imperio de la coacción en la vida ordinaria.
La maniobra oculta a la vez la visión sociológica mediante la cual los humildes y asalariados en relación de dependencia, constituyen un género sub-humano, incapaces de juicio responsable para dirigir sus vidas. Requieren dictadores, la tutela de burócratas o dirigentes sindicales para enterarse que la educación es buena, que hay que ir al médico cuando la salud está en peligro, o para que les fijen los salarios y demás condiciones de trabajo.
La postura intelectual que considera tanto a la esclavitud, como a las distintas variantes autoritarias del socialismo, sistemas normales de vida, tuvo consecuencias insospechadas.
Según los sostenedores de estas ideas bastaba con crear un Ministerio de Trabajo y fuertes organizaciones sindicales para eliminar todo vestigio de desocupación y el logro de un permanente aumento de las retribuciones.
Con crear un Banco Central se aseguraba para siempre el valor de la moneda y los depositantes quedaban a salvo de toda preocupación respecto a sus ahorros. Un país no podía alcanzar la modernidad sin un Consejo Nacional de Desarrollo y más aún sin un Ministerio de Economía que lo llevara al crecimiento continuo del ingreso “per-cápita”.
La realidad fue muy otra. El mejor ejemplo lo encontramos en nuestro país. Después de varias décadas de castigo progresivo a los beneficios, tributos a las transacciones comerciales, Banco Central, auge de bancos y entes estatales, controles de precios, Ministerios de Economía, Trabajo, Bienestar, Acción o Desarrollo Social, Jubilación y Obras sociales médicas compulsivas e irrenunciables, ausencia de libertad laboral, y últimamente la bancarización obligatoria, devaluación del peso, pesificación asimétrica, confiscación de los depósitos en bancos los resultados no pudieron ser más funestos.
Legiones de “piqueteros” que cortan a diario, calles, avenidas y puentes, que reclaman subsidios estatales para no trabajar. Miles de “cartoneros” hurgando al anochecer en los cestos de los residuos domiciliarios. Asentamientos clandestinos o “Villas miserias”, densamente habitados dentro del ejido urbano de la ciudad de Buenos Aires y en sus populosos suburbios. Récord de deserción de público en bancos y éxodo poblacional sin cesar.
Los logros de las políticas coactivas están sobradamente reflejadas en los últimos días, en la prensa diaria. “Fuerte crecimiento del empleo en negro. En la industria, afecta al 41,4% de los trabajadores. Más grave en el comercio: 56% son informales”. (La Nación 24-8-2003).
“Buenos Aires, la segunda ciudad más barata” en tapa, de “La Nación”,23-8-2003, y en la misma fecha, en pag. 5, Buenos Aires figura en una lista de las 70 ciudades más importantes del mundo, en el lugar 69, después de Karachi y Kiev, siendo superada en baratura sólo por Bombay.
“La crisis laboral: estudio privado sobre datos oficiales”, dice que “Hay casi 1,3 millón de jóvenes que no estudian ni trabajan”. “En el último año se sumaron a esta situación 127.000: es un 38,4% más que hace cuatro años”.“En la Capital y el conurbano, casi un 60% de los que tienen entre 20 y 24 años no terminó la secundaria. Especialistas coinciden en que peligra el modelo de ascenso social”. Pag. de tapa, sección 2, “Economía y Negocios”, “La Nación” del 19-8-2003.
“Argentina no se recupera en ranking de exportadores”. “El modelo productivo” no logró que superara el puesto 42º de la OMC. Según el cuadro de los principales exportadores del mundo, en 2002 las exportaciones argentinas representan el 0,5% del total, comparado con el 10,8% de los EEUU, 9,5% de Alemania, 6,5% del Japón, 2,5% de México,.. etc. (Ámbito Financiero, 15-8-2003).
En el 150 aniversario de la Constitución Nacional de 1853 se pueden distinguir dos períodos históricos bien definidos. El primero que abarca desde 1853 hasta 1930. Y el segundo desde éste último año hasta nuestros días.
El General Justo José de Urquiza, primer presidente constitucional, inauguró su mandato, con 5 ministros-secretarios del Poder Ejecutivo: Interior, Relaciones Exteriores, de Hacienda, de Justicia, de Instrucción pública y Culto y de Guerra y Marina.
A principios del siglo XX, el número de ministerios fue aumentado a 8. Se dividió Guerra y Marina y se crearon los de Agricultura y Obras Públicas.
El Impuesto aduanero fue el único ordinario, admitido y reglamentado en el texto constitucional. Los Impuestos Internos fueron introducidos en 1890, a raíz de la crisis de ese año. Hasta el mismo presidente de la República y su ministro de Hacienda, estaban convencidos que eran transitorios e inconstitucionales.
Sin economistas, ni Ministros de Economía, nuestro país, “en el seis años de Avellaneda (aproximadamente 1875-80) el Producto per cápita era ya del 67%, del orden de dos terceras partes del de Europa Occidental; en el sexenio siguiente 81,8%; en 1887-92, había subido al 91,4 %, como quien dice a ras con ras frente a las tres mayores potencias europeas; finalmente, en 1893-98, había alcanzado 104,0 %. O sea que antes de finalizar el siglo XIX la Argentina había sobrepasado claramente a Europa Occidental. (Ramón Díaz, en El Observador, de Montevideo, Uruguay, de estos últimos días).
Argentina, carente casi de leyes laborales, en esa época, recibía aportes migratorios enormes de países con legislación “social avanzada”, simplemente, porque aquí se ganaba más y se vivía mejor. Curiosidades de principios del siglo veinte. Los socialistas eran los paladines del patrón oro y del libre cambio internacional, como argumento en defensa de los asalariados.
Sobre el período que abarca de 1930, hasta nuestros días, puedo repetir en forma literal, aquello que escribí, hace, justo en este mes de agosto, 40 años, en la revista “Ideas sobre la Libertad”. En el Nº 13, de agosto de 1963, dentro del artículo “Economía: Libertad o Coacción”, bajo el subtítulo de “La crisis argentina actual” sostuve y creo que sigue siendo debida al “El MONOPOLISMO AUTORITARIO, o más bien la violencia legalizada-política impuesta a los pueblos sojuzgados por las dictaduras surgidas después de la primera guerra mundial-, que deslumbró en nuestro suelo a cierto sector político e intelectual influyente, cuyo talento se convirtió en vehículo de nuestras actuales infortunios.”
“La crisis del intervencionismo, que al presente sufre la Nación, no es sino consecuencia de la política fiscal y monetaria inaugurada en el año 1930, contemporáneamente con la interrupción de la continuidad constitucional”. La regla de oro se cumplió en forma inexorable. Con más recaudación mayores gastos y endeudamiento.
Control de cambios, Dirección de impuesto a los réditos, Banco Central, Corporación del Transporte Metropolitano; ingerencia en el tráfico por carreteras interprovinciales, control de precios, juntas reguladoras de la producción agropecuaria, barreras inmigratorias, marina y aviación comercial del Estado; nacionalización de los depósitos bancarios, ferrocarriles, teléfonos, puertos, usinas eléctricas; agremiación y previsión social compulsiva; tales son los hitos que van señalando el camino hacia la actual postración y decadencia, tanto económica como institucional”.
Concuerdo que gracias a las privatizaciones de la década del 90, volvimos a tener servicios públicos. Pero sin libertad bancaria, crediticia y laboral, sin privatización del subsuelo, venta de la tierra pública, abolición del régimen de coparticipación federal impositiva, el cese de la recaudación del gobierno central en las provincias, no hay salida en Argentina.

El Centro de Estudios sobre la Libertad

Aquí me quiero detener en un punto que divide y crea roces entre liberales. El tema de la Educación. No solamente practiqué, hasta el cansancio, la enseñanza gratuita, sino que me siento orgulloso cuando se demandan mis conocimientos. Cuento a Alberto Benegas Lynch, fundador del Centro de Estudios sobre la Libertad, en Argentina, y al primer secretario de la entidad Dr. Eduardo Benegas, entre las personas, además de mis padres, que más influyeron en mi carrera.
En 1957, cuando los conocí, festejaron como un triunfo personal, que haya aceptado la oferta y publicar artículos de Ludwig von Mises, en la revista de la Facultad y del Centro de Estudiantes, en el que integraba el directorio.
Soy testigo, estos hombres, además de enseñar gratis, dieron su tiempo, sacrificaron su fortuna, para que los argentinos escucharan, en persona, a los talentos que habían ayudado, con sus ideas, a la reconstrucción europea, después de la Segunda Guerra Mundial.; L. Von Mises, F. Von Hayek, Leonard Read, Silvester Petro, W. Roepke, Louis Baudin. Gracias al esfuerzo de Don Alberto, estos maestros disertaron en la Cámara Argentina de Comercio, Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, y previamente Hayek, en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales.
La gratuidad como a la filantropía la entendían con lo propio, no con lo ajeno. Estaban con-vencidos que la gratuidad financiada con impuestos es la más cara. Se paga con desempleo, miseria, corruptelas, dilapidación, aislamiento e ignorancia.
Alberto Benegas Lynch nunca fue un economista profesional. Además de haber tenido la inteligencia de contactarse y ser recibido, en los EEUU, en la “Foundation for Economic Education”, que presidía su fundador Leonard Read y tener largas pláticas con F. Von Hayek, era vicepresidente ejecutivo de una de las grandes bodegas tradicionales argentinas.
Raúl Lamuraglia, fue pionero de la industria textil en nuestro país. Eduardo Benegas, abogado. Estos Hombres siguieron la tradición de quienes más aportaron a la historia del pensamiento económico que nunca imaginaron ser economistas. Adam Smith, fue profesor de filosofía. Robert Malthus, párroco anglicano. David Ricardo, hombre de negocios.
Concurrir, a fines de la década del 50, a las reuniones del Centro de Estudios, y escuchar a este puñado de argentinos exaltar, serenos, las virtudes creativas de los valores abstractos de la Libertad, en medio de manifestaciones multitudinarias idolatrando al petróleo y a la empresa estatal YPF, significó para mí, una especie de traslado en el tiempo. Sentí que habíamos retrocedido varios milenios, a las crueles épocas del paganismo. Deduje entonces, que Libertad y la “mano invisible” de Adam Smith se enraízan en el concepto bíblico del Dios invisible, al igual que el totalitarismo, es el retorno al culto a la fuerza bruta.
Nunca pude olvidar el impacto que me produjo, la disertación de Sylvester Petro, en la que con argumentos irrefutables explicó, el carácter suicida de las leyes laborales y los convenios colectivos de trabajo. Este expositor norteamericano, puso de relieve el drama de los excluidos, por el efecto de la ausencia de la libertad contractual individual para fijar el monto de los salarios y demás condiciones trabajo.
A los cuarenta años de las disertaciones de Petro, el tema adquirió, ya, tintes trágicos. Auge de la delincuencia y la mendicidad. Refugios en “villas miserias” para ocultar el trabajo en negro. Profusión de “cartoneros”, “piqueteros” pagados con dineros públicos. Cientos de miles de desocupados, oficialmente admitidos como tales. Todos estos engendros responden a las mismas causas: La introducción de la Libertad condicional de trabajo y el ejercicio de industrias lícitas, convertidos en apéndices dependientes del fisco.
El ejemplo de Alberto Benegas Lynch tuvo imitadores. En 1973, con Norberto Carca y Guillermo Polledo, fundamos “La Escuela de Educación Económica”, y que luego, a partir de 1975, y por 25 años, fue dirigida por el Almirante Sánchez Sañudo.
Simón Chatz, desde principios de la década del 80, inaugura el proselitismo liberal, sin aspiraciones políticas, con su Escuela para la Democracia. Dio a conocer, por todos los medios a su alcance, a nivel barrial, las enseñanzas de los pensadores más preclaros del liberalismo.
Esta misma reunión, es otra muestra de fe que es posible educar, sin necesidad de planes oficiales, ni de someter a nadie, a pagar tributos, para tener noticia de las virtudes del conocimiento.
Basta mencionar que este edificio, sede de la Escuela de la Libertad, se lo debemos a la generosidad, de otro gran defensor de nuestras ideas, Don Luis Pérez Muñoz.
Mi conclusión sigue coincidiendo con la expresada hace ya más de 40años. El socialismo recreó la esclavitud. Si sólo son válidos los valores en los que la voluntad humana es suprema, Economía y Libertad, son términos indisolublemente unidos.

(*) Texto de la conferencia dictada en la Escuela para la Libertad, el 6/9/03.
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Neoestatismo

Informamos en el número anterior de El Disidente.ar sobre la forma que toman las intenciones estatistas del elenco K, referido al caso de Aguas Argentinas. Tal parece que la política de los fideicomisos, que también se sigue en el caso de las telefónicas, es la fórmula que ha encontrado el neoestatismo para quedarse con la parte que les importa a los políticos del negocio: las compras.
El estado obliga a las empresas a realizar las inversiones a través de terceros, cuidadosamente seleccionados. En el caso de Aguas Argentinas, el Banco de la Provincia de Buenos Aires.
El kirchnerismo sabe que el Estado siempre ha fracasado a la hora de proveer servicios y que en caso de estatizar podría sufrir un serio deterioro en su popularidad si se vuelve a los estándares de calidad previos a las privatizaciones. Pero a quién le importa proveer servicios. A los “empresarios estatales” nunca les interesó. Siempre pusieron toda su imaginación al servicio de comprar y contratar mucho más caro que lo que lo hacían los particulares. El Estado custodiará, dicen, nuestros intereses.
Para tener una idea del tamaño del negocio, las inversiones comprometidas por Aguas Argentinas para este período ascienden a 698 millones de dólares.
El total de inversiones a lo largo de 30 años de concesión será de 3.935 millones de dólares. El mismo Ente Regulador del Agua se encarga de desmentir la panacea de las empresas estatal frente al egoísmo privado: “La inversión comprometida es sustancialmente más elevada que la realizada por OSN ya que la empresa estatal, en los últimos 10 años anteriores a su privatización, invirtió un promedio de 25 millones de dólares anuales. La inversión comprometida por Aguas Argentinas S.A. para la primera década implica un promedio anual de casi el 400% más que el promedio histórico de OSN”

lunes, septiembre 15, 2003

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Elecciones 2003

Los verdaderos números de las elecciones del domingo

La guerra de imágenes que se desata después de una elección nunca alcanza para desmentir a los números. Pero los números también se dibujan. En ese sentido todo el aparato político/mediático es cómplice desde hace muchos años en mantener la ficción de la representación política en la Argentina, sobre la base de guarismos que son ficticios.
Los porcentajes reales que obtienen quienes resultan votados se esconden, mientras se publicitan otros inflados que se obtienen tomando como totales a los que se denominan “votos positivos”.
¿Y qué son los “votos positivos”? Ni siquiera los electores que concurrieron a votar, sino únicamente aquellos fueron y ni votaron en blanco ni su voto fue impugnado.
“Positivos” en términos de este pacto ni siquiera de silencio sino de ficción, quiere decir: votos que optaron por alguno de los candidatos propuestos. Los demás no cuentan, no son parte de la democracia. Son parias electorales.
Cuando se dice que en Santa Cruz, el delfín del presidente obtuvo el 77,85% de los votos (escrutados el 97,99% de las mesas), esto significa en realidad, que de entre quienes votaron por alguno de los candidatos (97.741 personas, quedando excluidos inclusive los votos en blanco e impugnados), ese fue el porcentaje obtenido por ese candidato. Porcentaje que está lejos del 46,33 por ciento de apoyo electoral real que sacó Acevedo, si tomamos el total de electores de la provincia (130.272). La brecha es mayor en la elección de diputados nacionales, donde el número oficial marca una victoria del Justicialismo por el 74,72 por ciento, cuando en realidad sólo logró el apoyo del 42,93 por ciento del electorado.
La base de cálculo tomada por el Ministerio del Interior, con la complicidad conjunta de la política “vieja”, de la “nueva” y de la de mediana edad, es institucionalmente falsa.
Si la representación política total a la que apuntan los candidatos es el total de electores habilitados, pues es sencillo inferir que de ahí para abajo todo es un porcentaje de ese número. Tomar además, dentro de la parcialidad que concurre a las urnas, a los que votaron por alguno de los candidatos propuestos, negándole al ciudadano el derecho a expresar su rechazo por todos e ignorándolo, convierte al sistema en una estafa.
Veamos lo que ocurre en la Capital Federal, donde según las cuentas oficiales, la fórmula Ibarra –Telerman sacó un 53,46 por ciento de los votos, contra el 46,54 por ciento de Macri – Rodríguez Larreta. La representación como porcentaje del electorado de los ganadores pasa de un supuesto 53,43 por ciento (de 1.732.544 votos “positivos”), a un 35,65 por ciento de votos (de un total de 2.597.993 electores).
El desempeño de Macri – Telerman pasa del 46,54% al 31,04%, lo que disminuye notablemente la diferencia entre las dos fórmulas. Mientras en el cálculo oficial la distancia entre Ibarra y Macri es de 6,91%, en realidad la diferencia es de 4,61%. Esto es así, porque el juego de ficción utilizado para el escrutinio tiende a aumentar falsamente la diferencia entre ganadores y perdedores, debido a que porcentaje de cada candidato es variable en función no solo de su propia representación, sino de la obtenida por los otros. La base de cálculo no es fija como debiera ser.
Los resultados reales de las elecciones que nadie da, están en la planilla de Excel que acompaña este número. Podrán comprobar los lectores hasta donde llega la ficción oficial a la hora de contar votos.

Izquierdas hay

En el reparto del poder, tiene mucha importancia la medición de fuerzas entre el presidente Nestor Kirchner y Eduardo Duhalde. La verdadera pelea de fondo del domingo era esa. Sin embargo algunos análisis suelen cometer el error de quedarse en la observación de la política desde la óptica de la pelea por el poder, que interesa a los contendientes y a los observadores más apasionados, y no tanto al ciudadano común, más a merced de las políticas que triunfan que de quienes las ejercen.
Durante el predominio de Carlos Menem en la escena política, la discusión ideológica estaba en segundo plano. No es que no hubiera izquierdas como querían creer los que nunca se animaron a enfrentarlas, sino que se encontraban disfrazadas de discursos “anticorrupción”, pro “derechos humanos”, defensa de las ballenas y hasta “defensa de las instituciones”. Reivindicar el socialismo parecía un absurdo, sobre todo cuando acababa de hacer eclosión el mundo soviético que habían vendido como el paraíso.
Durante la década del 90 la izquierda no discutía ni las privatizaciones ni mucho menos la convertibilidad.
El esquema menemismo – antimenemismo sin claras definiciones de ideas se extendió durante el gobierno de la Alianza, pero después del colapso de ese experimento, la izquierda se desató. Hoy por hoy, llegada al gobierno nacional, la izquierda defiende con toda claridad el papel de las bandas terroristas que asolaron Latinoamérica en general y Argentina en particular durante la década del 70, y se identifica con los tomadores de fábricas. No es socialdemocracia lo que tenemos en la Argentina, sino izquierda retrógrada a la espera de oportunidades.
Sin embargo no existe una derecha que se oponga a esa izquierda. Uno de los ejercicios más habituales para huir de esa pelea que nadie quiere dar, y para no enfrentar las agresiones, acusaciones y persecuciones que son el modo habitual de hacer política de la izquierda, además de negar que exista el dilema izquierdas y derechas, es identificar a la derecha con el fascismo, que no fue otra cosa que una versión nacionalizada de marxismo.
Pero si sabemos que izquierda es poner toda la carne al asador para anular leyes, derecha será sostener el sistema jurídico constitucional con igual fuerza. Si izquierda es defender la guerra insurreccional de la década del setenta y sus métodos terroristas para imponer sistemas totalitarios, la derecha será sostener el derecho de defensa de la sociedad y el estado de derecho. Si izquierda es apoyar la toma de fábricas, derecha es defender el derecho de propiedad. Si izquierda es hacer demagogia con derechos sociales y conquistas laborales, derecha será defender derechos y libertades y reivindicar el trabajo propio como única fuente legítima del bienestar. Si izquierda es apoderarse del Estado para esquilmar a los que producen en nombre de la igualdad, derecha será reclamar un Estado que proteja los derechos de quienes crean riqueza, en nombre de la justicia.
¿Hay algo de malo en ser lo opuesto a la izquierda? ¿Es lógico llamarle a lo que es opuesto a la izquierda “centro”? ¿O no llamarle de ninguna manera porque pareciera ilegítimo oponerse a la anticivilización?
Si izquierda es hablar con orgullo de un proyecto colectivista, derecha será defender con igual orgullo una sociedad en la que cada individuo es un fin en si mismo. Si la izquierda no tiene vergüenza pese al daño que ha hecho desde la Revolución Francesa hasta la fecha ¿por qué motivo se avergüenza la derecha?
La izquierda es cada vez más clara en la Argentina, la derecha cada vez se desdibuja más y es un lugar que nadie quiere ocupar. Entre otras cosas porque habrá que estar dispuesto a enfrentar a la casi totalidad de la opinión publicada, que hoy tiene la capacidad no sólo de ensuciar a una persona, sino de lograr que los jueces convaliden sus juicios con sentencias arbitrarias. Derecha también es luchar contra el circo militante que persigue a los disidentes desde un poder judicial cada vez más obediente a un poder cada vez más tiránico.
López Murphy que va de fracaso en fracaso desde el 27 de abril hasta la fecha y que posiblemente pase a la historia sólo por haber destruido a Carlos Menem, no quiere siquiera ser llamado de derecha, ni aún de centro derecha, pero no le va muy bien. Cuanto más se desdibuja, peores resultados logra.
Macri tenía ganada la elección de la Capital. Triplicaba a Ibarra, el peor candidato que podría haber tenido el oficialismo. Teniendo en frente a la aplanadora más abiertamente socialista, se pasó la campaña defendiéndose de la “acusación” de ser “liberal” y tratando de identificarse con su peor enemigo: Nestor Kirchner.
No puede negarse el mérito de haber enfrentado al aparato nacional, más el de la Ciudad de Buenos Aires, junto con el Ari y la patota mediática de izquierda que juega cada vez de manera más abierta. El gobierno tuvo que hacer desaparecer a Beliz y Bielsa de escena para lograr la victoria de Ibarra. Pero la elección la tenía ganada Macri con sólo no dejarse correr por las prioridades y acusaciones ideológicas de su oponente. Mientras éste lo “acusaba” de noventista, privatizador y rico, Macri compró ese paquete ideológico (dejando de ser alternativa) y se dedicó a negar todas esas características que constituían el cúmulo de sus virtudes. Las únicas que tenía.
Macri pudo haberlos vencido a todos juntos y convertirse en un claro referente alternativo. Perdió esa oportunidad y su continuidad política dependerá de no repetir los errores (horrores) de López Murphy de aquí en más.
En la década del 80 Estados Unidos vivió lo que se llamó la “revolución conservadora”. Un grupo de republicanos, luego liderados por Ronald Reagan, empezaron a levantar banderas supuestamente impopulares, por cierto antipáticas para la prensa, como la reducción del estado, la minimización de los “gastos sociales”, la baja de impuestos y ciertos valores tradicionales como elementos de marketing. Ese fenómeno produjo un boom político que nadie pudo haber previsto. Un grupo político hablando contra la panacea del Estado de Bienestar, arrasando electoralmente al tradicional populismo tanto de los demócratas como de los republicanos. Ese grupo accedió al poder y venció en la guerra fría, terminando con la Unión Soviética.
Ronald Reagan no leía estúpidamente encuestas ni hubiera querido que un Lanata lo aceptara. No temió que lo acusaran. No tuvo cola de paja por pensar que la riqueza es de quienes la producen.
Tampoco la versión “mano dura” que representaron Rico y Patti convencieron. En realidad no son más que variantes de peronismo. No representan una alternativa ideológica a la izquierda. Al escuchar a Rico cuesta diferenciarlo de Elisa Carrió y Patti cree que cuando los repartidores sean honestos el mundo estará solucionado.
Las opciones tibias o confusas a la izquierda dominante no han despertado entusiasmo. Las matemáticas de las encuestas y los consejos de los eternos entibiadotes de candidatos volvieron a fracasar.
Por ahora las únicas alternativas a la tendencia colectivista son la fuerza bruta del aparato patoteril peronista de la Provincia de Buenos Aires, el voto en blanco o la abstención. Hay un amplio mercado electoral que carece de representación y hasta de voluntarios para ejercer ese rol.

Agua que no has de beber

El diario oficial Página 12 es ya la avanzada de todas las cruzadas que llevará a cabo el Gobierno. El pasado viernes publicó una larga nota atacando a Aguas Argentinas, que se ha convertido para el oficialismo en la “privatizada” de turno a destruir.
Es interesante recorrer el sitio del ETOSS (Ente Regulador del Agua), para ver la contradicción entre las políticas anti privatistas del gobierno del señor K, y las concepciones “noventistas” que inspiraron la creación de la entidad. Así explica el ETOSS el sistema de servicios públicos inaugurado en esa década: “Se basa en la prestación del servicio por parte de empresas privadas, con regulación y control a cargo del Estado y participación de los usuarios. Se ha reemplazado así a otro modelo que por muchos años sirvió al desarrollo económico y social del país, pero que se agotó en su capacidad para ofrecer una mejor calidad de vida a los argentinos. La prestación directa de los servicios a cargo de empresas públicas dejó de ser eficiente por la crisis de financiación del Estado, el alto déficit operativo de las empresas y su mala administración y gerenciación. Adicionalmente, el viejo modelo concentró en la empresa estatal, además de la prestación, el poder de regulación y de control sobre el servicio, colocando al usuario en situación de desamparo frente al poder concentrado del Estado. Con el nuevo modelo se procuran resolver los dos problemas. Por un lado, apelar a los recursos privados de la comunidad para retomar el proceso de inversión, expansión y mejoramiento de la calidad de los servicios públicos, cuestión imprescindible para el crecimiento de la economía moderna. Por el otro, al separar las funciones de prestación, de las funciones de regulación y de control, se fortalece al Estado en su rol de árbitro y defensor del bien común, y se otorga poder al usuario en relación a las empresas de servicios públicos. El usuario ha recuperado así al Estado como garante de sus derechos frente a las empresas prestadoras”.
Este último postulado es muy interesante, porque el garante parece hoy más interesado en jugar la partida.
Algunos “afanes” que devela el sitio tal vez expliquen por qué la repentina hostilidad del poder con Aguas Argentinas.
Las empresas privatizadas tienen compromisos de inversión. Una resolución del 24 de julio de 2003 le ordena a Aguas Argentinas, llevar a cabo las obras comprometidas para el segundo quinquenio, a través de un fideicomiso. Es decir que la empresa no llevará a cabo las obras por sí, sino a través de un tercero.
Ese tercero es nada menos que el Banco de la Provincia de Buenos Aires, bajo el control del aparato político Duhaldista. Porcentaje va, porcentaje viene. Más claro que el agua.
En otras palabras, el ETOSS ha estatizado las obras de infraestructura de Aguas Argentinas para el segundo quinquenio. La empresa resiste esta estatización, al punto que debió ser intimada por el ETOSS por no concurrir a firmar el convenio de Fideicomiso. ¿Explicará esto por qué Página 12 investiga repentinamente a Aguas Argentinas y por qué el gobierno de manera repentina le ha puesto el ojo a esta concesión?.
Otra cuestión paradójica es, que el ETOSS, que tiene una década de existencia, descubriera ahora la ineficiencia del servicio de Aguas Argentinas, pero al mismo tiempo la obligue a ampliar el área de cobertura a las localidades de Tristan Suarez y Carlos Spegazzini del Partido de Ezeiza, Nueve de Abril del Partido de Esteban Echeverría y los servicios de desagües cloacales de El Jagüel y Ezeiza, Partido de Ezeiza, así como la Planta Depuradora de Esteban Echeverría, que venían siendo operados por AGOSBA (Resolución 85/03 del 14 de julio de 2003).
Si el servicio de Aguas Argentinas ha sido “claramente deficiente”, como Página 12, el ETOSS y el gobierno (y perdón por la tautología porque todo eso parece ser lo mismo) ¿por qué obligarla a ampliar su área de cobertura?
¿Será que los nuevos servicios entran dentro del fideicomiso ahora manejado por amigos? Delicias del reparto de riqueza con el “Estado Presente"

Conspiraciones y conspiraciones

La señora Elisa Carrió, hace de las conspiraciones una fuente permanente de inspiración. Una de ellas, que mucha gente cree, es la intención de George Bush de quedarse con el agua de la Patagonia.
“Vienen por el agua” repetía Carrio, en momentos de tanto pesimismo que muchos contestaban: “Bueno, pero que vengan AHORA”.
Esta semana se le atribuyeron al flamante y prematuro Jefe del Ejército, General Bendini, pensamientos parecidos. Esta vez la conspiración por nuestra bendita agua la estarían pergeñando “grupos israelíes”.
¿Qué tendrá la conspiración de Bendini que no tenga la de Carrió para que uno tenga que dar explicaciones y otra sea considerada la reina madre de la Argentina?
Más allá de las fantasías, se rechaza el posible racismo de la afirmación de Bendini. Hace pocos meses el señor Verbitsky le dedicó cinco de sus largos artículos del domingo en el diario oficial Página 12 a una nota del ex Jefe del Ejército, general Ricardo Brinzoni, en la que hacía alusión a la obra El Mercader de Venecia de William Shakesperare, a la que el líder montonero tildaba de antisemita, en una interpretación bastante retorcida del texto. Sin embargo esta semana el consejero presidencial, prefirió dedicarle su columna a Chile y el derrocamiento de Allende de treinta años de antigüedad, antes que a pedir la cabeza de Bendini. Para ser racista y sobrevivir hay que ser amigo de Verbitsky tal vez.
La cuestión es que cualquier colectivismo moral, sea racista, sea nacionalista, o sea lo que sea es absurdo y reprochable. Si nos escandalizan los supuestos dichos de Bendini, por iguales razones nos debieron escandalizar los de Carrió.

lunes, septiembre 08, 2003

De los lectores:


Trazando una raya en el piso

Alguien en este país se está ocupando activamente en separar bandos.

"Si me dicen que discriminamos por ser de derecha, yo digo que sí; no invitaría a formar parte de los claustros universitarios de Quilmes a nadie de la derecha"
Julio Villar, Rector de la UNQ

Nadie precisa "marcar la tropa" si no piensa en un enfrentamiento.
Mientras tanto el Presidente no se cansa de pedir el apoyo popular. Contra los "poderosos", los "opinadores" y hasta los economistas.
Cuando trazan esta línea en el suelo, yo quedo -con toda convicción- del otro lado.
Espero que de este lado seamos muchos.
Y aprendamos a organizarnos.

Rubén Benedetti

Camino al partido único

Una vez escribió Julio Villar, el rector de la Universidad de Quílmes que pasó a la notoriedad por querer excluir a un vicerrector por simpatizar con Mauricio Macri y cometer el pecado de ser de derecha, que “sin universidad no hay juicio crítico”. Lo que debería plantearse el rector, abierto simpatizante ahora del señor K, y por lo visto de su estilo, es que sin juicio crítico tampoco hay universidad.
El episodio de persecución ideológica, puede convertirse en un paso más en una escalada que conduzca por una vía más moderna al régimen de partido único que añoran nuestros revolucionarios, sin el cual, el colectivismo no es practicable. Sin excluir todo foco de disidencia, todo “individualismo”, el marasmo totalitario se desmorona con toda facilidad.
No son los gobiernos autoritarios (característica que ya reúne con claridad el del señor K) los que producen por si solos un sistema totalitario en el que el pensamiento independiente de las personas (al que se denominará derecha, menemismo, oligarquía, anti-revolucionario, el mote es intrascendente) sea percibido (con razón) como un ácido disolvente de una estructura política que está basada en el miedo, la obediencia y la hipocresía permanente.
Las sociedades contribuyen para que el totalitarismo se desarrolle, y operan como el engranaje de un mecanismo de alimentación y retroalimentación. Perseguidores y perseguidos se confunden. La conducta típica es la traición de los colaboracionistas a los vínculos interpersonales para rendir tributo al aparato represivo, como moneda de cambio para quedar a salvo de él.
Antes que eso las sociedades anómicas como la argentina, encumbran el autoritarismo, al que ven como el salvador enérgico que necesitan contra los fantasmas que los interesados mismos han blandido previamente como una amenaza colectiva. Las campañas moralizadoras son ideales en ese sentido. Nada ha sido más útil en la historia para convencer a los incautos de que necesitan un mandamás ilimitado, que esgrimir la necesidad de iniciar una campaña de limpieza.
Pero aún antes, la creencia cavernícola de que nuestra felicidad como país puede depender de tener políticos más buenos, más virtuosos, o más “como uno” debe hacer carne. Es fundamental para que ocurra que la gente “educada” descrea por completo en las instituciones (reglas de juego) y deposite su confianza en salvadores. Si ese descreimiento se fundamenta confusamente en la búsqueda de “mejores instituciones” (lo que ocurre cuando se identifica “calidad institucional” con cambio de malos por buenos) será más útil que ninguna otra cosa para crear el caldo de cultivo que a la larga conduce a la construcción de un estado totalitario.
El episodio del señor Villar emulando el comportamiento del señor K con su vicepresidente, es un paso más en la escalada que se inició hace varios años. Ricardo López Murphy, como muchos argentinos “no setentistas”, prefirió minimizar el episodio diciendo que era “aislado”. La vida es más fácil así, porque asumir el hecho en toda su dimensión y en el contexto de un gobierno que al decir de nuestro lector Rubén Benedetti, traza una raya en el suelo para separar a réprobos y los elegidos, lo dejaría muy descolocado en su papel de tímido crítico de Lavagna.
Pero tampoco debemos tomar a López Murphy, que para muchos ya es una decepción como alternativa, como un caso aislado. En todo caso es el emergente de todo un sector de la sociedad argentina que jamás tomará partido en ningún conflicto real y profundo, pues ha sido formado en la inexistencia de tales conflictos. Aunque tiempos de crisis moral como los actuales de vez en cuando hacen reaccionar a algunos de ellos, seguramente no será el caso de López Murphy.
Una vez que nos acostumbremos a que las personas sean excluidas por no comulgar ideológicamente con el “país nuevo” del señor K, la escalada seguirá hacia un estadio más avanzado. Nos hemos acostumbrado ya a que hordas de delincuentes corten calles para exigir dinero al gobierno, y que el gobierno los reciba y se los otorgue. Nos acostumbramos a que se reivindique la violencia política terrorista y que se inculque como modelo a seguir en los colegios al Che Guevara. Nos acostumbramos a ser casi el único país amigo que le queda a la dictadura de Castro en el mundo, como así también al bananero señor Chávez. Nos acostumbramos a que los terroristas tengan derechos humanos que no se nos reconocen al resto de los mortales. Nos acostumbramos a que el Estado haga cualquier aberración jurídica con los militares que combatieron a esos (estos) salvajes de los 70. Nos acostumbramos a que la Corte Suprema de Justicia sea acosada con acusaciones falsas por todo el aparato político (casi todos en realidad han colaborado o siguen colaborando estúpidamente con ese proceso). Nos hemos acostumbrado a que la propaganda oficial diga un día que hay que echar a un juez, y al otro día lo cambie porque encontró una figurita más fácil para producir una vacante. Nos acostumbramos a que el CELS, dirigido por un ex jerarca terrorista no arrepentido actúe como un Estado paralelo, que maneja jueces y legisladores como si fueran títeres, decide asensos militares y de las fuerzas de seguridad, operando abiertamente como policía política del gobierno. Y también nos acostumbramos a que el único contra-discurso que se oponga a esta avalancha de horrores sea “abajo la lista sábana”. No hay nada a lo que no podamos acostumbrarnos.
El señor Villar estará recibiendo muchas más palmadas en la espalda por su “valor” (la izquierda siempre llama “valor” al acto de autoritarismo, sobre todo si se ejerce contra alguien más débil), ante el “crimen ideológico” de su vicerrector, que reproches.
Pero hace unos años Villar no pensaba así. Era un rector más de una universidad nueva del conurbano bonaerense, que trataba de sobresalir impulsando novedades como el estudio a distancia a través de internet, que se enorgullecía de contar con un sistema de ingreso que filtraba al ochenta por ciento de los aspirantes, porque “los recursos no son ilimitados”. “El joven que ingresa debe tener la decisión de ser estudiante universitario”, decía Villar, y agregaba que la universidad a su cargo tenía “un sistema de cupos limitados en las carreras, porque el presupuesto no es elástico".
Inclusive Villar fue de los primeros en contradecir la intocable gratuidad de la enseñanza universitaria, proponiendo su reemplazo por un sistema de créditos personales, que debían ser devueltos por los alumnos a partir de su graduación.
Aunque parezca asombroso ahora, la Universidad Nacional de Quilmas reeditó los 16 tomos de los Escritos Póstumos de Juan Bautista Alberdi que habían sido publicados por única vez en 1901. Lo promociona inclusive con gran orgullo en su página web (http://www.unq.edu.ar/)
Es decir, el señor Julio Villar era hasta hace muy poco un señor muy sensato y normal, un verdadero “derechista” que trataba de mejorar la universidad a su cargo, en vez de encajar en un proyecto de poder nacional; un señor de esos que ahora él mismo cree que no tiene que haber en las universidades porque ellas están hechas para los izquierdistas. Un individuo del que nadie hubiera pensado que caería en una actitud tan obtusa y a la vez tan obsecuente con su admirado señor K.
Lo que transforma a una persona común en un perseguidor ideológico es su mediocridad unida al contexto político en el que vive. Y la línea la marca el propio presidente de la nación, con sus discursos de división permanente de la sociedad, su invocación de fantasmas como “sectores poderosos” que no le “torcerán el brazo”; sus agresiones a los empresarios, a las privatizadas, a quienes “se beneficiaron en los años 90”; su procedimiento fujimorezco contra la Corte, su modo autoritario de dar órdenes al Congreso, la purga ilegal hecha contra las fuerzas armadas sin motivo alguno, la exclusión del Procurador del Tesoro por haber ejercido la abogacía en defensa de un militar que encima no recibió condena alguna y su arremetida violenta contra Scioli por disentir.
El gobierno genera miedo. Y ante el miedo hay gente que lo enfrenta, hay gente que huye, pero también hay y tal vez sea el mayor número, gente que se suma.
En Cuba el marxismo era minoritario cuando Castro llegó al poder. Hoy es un gigantesco aparato de propaganda y persecución que lleva 44 años de consolidación y monopoliza la política. El miedo sumó colaboracionistas primero y entusiastas cómplices después.
En la Argentina no habrá un partido comunista que cumpla ese rol, pero si hay muchos envejecidos revolucionarios dispuestos a construirlo alrededor del Kirchnerismo. Pero no dependerá de ellos que puedan lograrlo, sino de los anticuerpos que existan en la sociedad, algo que todavía no está definido.

Lo que estaba mal de las privatizaciones

Cuántas veces habremos escuchado que muchas de las privatizaciones hechas por Menem estaban mal hechas, aún cuando siguieron siempre modelos que en épocas del estatismo anterior eran elogiados como una gran panacea por quienes visitaban los países europeos o los Estados Unidos que los habían puesto en práctica antes.
Hemos superado esa etapa, porque para el pensamiento oficial ya está directamente mal el hecho de la privatización. La “acusación” de Ibarra contra Macri es que quiere privatizar todo. Y Macri no se queda atrás, porque se “defiende” diciendo que no es cierto; es decir, aceptando que el concepto “privatización” está mal.
Pero más allá de la locura que vivimos actualmente, el reproche principal contra las privatizaciones se centraba en la concesión de monopolios. Los servicios telefónicos tendrían que haber quedado completamente desmonopolizados y abiertos a la competencia en el año 2000, algo que no fue posible porque el brillante señor de la Rua se le ocurrió regular la desregulación y de hecho ésta casi no existe. En el resto de los casos el monopolio no preveía un desenlace.
Ahora nos encontramos con la batalla entre las privatizadas y el gobierno por el aumento de tarifas. Las empresas argumentan no solo haber quedado lejos de la “ecuación económica” original (seguridad que solo otorga el contratar con el Estado), sino que los niveles tarifarios actuales, no permiten invertir y por tanto los sistemas corren en riesgo de colapsar.
Pero el debate podría ser completamente inútil, si de verdad se quisiera terminar con lo que “estaba mal” de las privatizaciones de Menem, y en el marco de una renegociación más seria que la que se está planteando, en lugar de conceder monopolios y a la vez someter los servicios a controles administrativos que son caros y no sirven para nada, se procediera a una completa desregulación en la que los precios surgieran libremente y la calidad se lograra por el control que se deriva de competir en un mercado abierto.
Sin embargo lo más probable es que comprobemos que no es lo que “estaba mal” de las privatizaciones lo que molestaba de verdad, sino lo que “estaba bien”, es decir, que hayan terminado con el estado empresario, con la corrupción de sus proveedores y los sindicatos y, sobre todo, que hayan liberado al cliente (“usuario”)de su posición de rehén permanente de malos, atrasados o inexistentes servicios, con tarifas subían con toda facilidad cuando lo disponía el gobierno, sin “audiencia pública” alguna.
El mismo Estado que aumenta los impuestos sin ninguna apelación a las “grandes ganancias del gobierno” o al modo en que luego los aplica, dice ser el garante de que gastemos menos en servicios prestados por empresas privadas y el gran auditor de las inversiones que realizan.
Como clientes libres de empresas que brindan servicios, no necesitaríamos al Estado para nada. Los precios y la calidad se adaptarían a nuestras decisiones como consumidores. No nos tendríamos que interesar por cuestiones como las inversiones realizadas, que serían un problema exclusivo de los empresarios.
Por otra parte, lo que demuestra el gobierno cuando envía al servil Congreso una reforma tributaria para aumentar la recaudación, a la vez que resiste el aumento de tarifas de los servicios privados regulados, es que su intención no es proteger nuestros bolsillos sino destruir a las empresas para reestablecer tal vez el refugio de parásitos que fueron las empresas estatales.
Lo que estaba mal de las privatizaciones de Menem, parece ser que eran las propias privatizaciones.

Se dijo:

El presidente de la nación se quejó del "capricho de algunos sectores para que haya un aumento de tarifas" y dijo que eso va a ocurrir "cuándo, dónde y cómo lo decidamos los argentinos". Lo que traducido quiere decir que ocurrirá donde y cuando lo decida él. O lo que es lo mismo, cuando pasen las elecciones, tal como ya lo anunció Scioli.

El ministro Lavagna por su parte, respecto a la negociación con el FMI dijo que "por más que uno esté cansado de las idas y vueltas, hay que sacar el acuerdo lo más rápido posible, porque el país necesita actualizar créditos con el Banco Mundial y el BID, que van de la mano del acuerdo". Los fondos políticos para planes de demagogia como los llamados jefes y jefas de hogar, que mantienen a las mafias piqueteras, provienen en general de préstamos concedidos a tal fin por el Banco Mundial o el BID. Esa es una deuda externa que nunca se denuncia, pero Lavagna muestra que el principal incentivo del gobierno para mantener la negociación con el Fondo es no perder esos fondos políticos.

La Nación. Más vale tarde que nunca

El domingo 7 de septiembre, un muy buen editorial del diario La Nación, aboga “Por una Justicia libre de presiones”. En otras ocasiones el propio diario ha sido parte de esas presiones o ha aplaudido como campañas moralizadoras el apresamiento político de personas sin motivos jurídicos ni pruebas suficientes.
Lo importante para saber si hay Justicia en un país no es si la impresión previa que la opinión tiene de los personajes cuestionados es confirmada mediante fallos judiciales; sino la imparcialidad, limpieza y rigor del procedimiento seguido para obtener un fallo y por sobre todas las cosas, la apertura tanto a la posibilidad de la condena como también a la absolución. Tan importante y tan olvidado como eso es saber si se sostienen principios elementales, como establecer que la duda debe estar a favor del imputado, o el principio de legalidad. Un país tiene Justicia, cuando tiene un procedimiento legal inconmovible, no cuando los jueces son un ariete como diría Cavallo, ni de los gobiernos ni de la opinión pública; muchos menos de la opinión publicada, sobre todo si es parcial.
Desgraciadamente, el periodismo ha probado demasiado del fruto prohibido del poder, al comprobar que podía con un poco de presión, superar cualquier “escollo jurídico” que permitiera que “los corruptos” (que como en cualquier sociedad salvaje eran ya corruptos antes de ser juzgados) sean apresados.
Así tenemos toda una banda de verdaderos secuestradores, militantes y vengadores, fundamentalmente en la Justicia Federal que a medida que el periodismo militante les provee víctimas, como militares o menemistas, les aplican una verdadera picadora de carne, haciendo del derecho un chicle al servicio del poder.
La actuación de Menem con respecto a la Justicia ha sido horrenda, pero como siempre, no por lo que se lo ataca, que es la conformación de la Corte Suprema de Justicia que ha sido la Corte que más ha resistido al poder político en toda la historia del Tribunal, sino por los nombramientos hechos en la Justicia Federal. Se lo criticaba mucho por eso cuando estaba en el Poder, pero tanto la Alianza, como sus sucesores y el mismo periodismo hoy ultra-oficialista que tanto hablaban del tema, de repente no tuvieron nada que decir. Servini de Cubría, que era llamada “Servil que Cubría” por Horacio Verbitsky (el Rasputín de K), pasó a ser una figura consular. Ni que decir de Canicoba Corral, que ahora se muestra haciendo esquí en las leñas con un equipo reluciente, sin que nadie lo haga comentarios resentidos, se hable de ostentación o frivolidad o se pregunte de donde viene tanto lujo.
¿Se habrá vuelto “independiente” la Justicia Federal, o será que ya no importa porque responde al amo adecuado?
Justicia independiente para la izquierda argentina, es la justicia que les obedece a ellos.
Por eso es que La Nación llega algo tarde a ocuparse de la cuestión y por desgracia el diario que fundó Bartolomé Mitre, produce muchos más editoriales y artículos firmados en sentido inverso o contribuye a la demonización o santificación de personajes con igual soltura que lo hacen otros medios.
Pero hecha esta aclaración, vale la pena reproducir algunos párrafos de ese editorial, y desear que sea el inicio de una nueva conducta:

“En los últimos tiempos, determinados sectores de la sociedad han estado reclamando con insistencia que el Poder Judicial investigue la conducta de las personas sospechadas de haber utilizado las estructuras del Estado, directa o indirectamente, para perpetrar delitos…

Cierto estado emocional, potenciado por la enorme capacidad de presión que los medios de comunicación masiva estamos en condiciones de ejercer en éste tiempo, parece haber creado, en algunos casos, un clima de tensión que no es el más propicio para que los magistrados impartan justicia en condiciones de libertad, equilibrio y sereno análisis de los hechos investigados….

Parte de la sociedad se "incorpora" al proceso y presiona sobre los jueces y también sobre las presuntas víctimas. Los abogados buscan convencer a la ciudadanía desde un estudio de televisión. Los medios asumen, así, funciones cuasi "judiciales", pero sin las garantías, ni los tiempos propios de la legalidad judicial…

Los resultados, muchas veces, parecen ser la inevitable consecuencia de una lógica en la que sólo está ausente la serenidad. Y nadie puede seriamente suponer que esta mediatización deje a salvo garantías y principios constitucionales. La Justicia sólo es Justicia cuando se ejerce al margen de toda compulsión política, mediática o social. Si los órganos del Poder Judicial se sienten presionados por quienes desempeñan funciones en los otros poderes del Estado, o si se sienten fuertemente condicionados o desbordados por los estallidos emocionales de la opinión pública, la Justicia puede dejar de ser independiente y los procedimientos judiciales corren el riesgo de desvirtuarse y distorsionarse.

Así como es intolerable que el poder político influya sobre los jueces, sea para garantizar la impunidad de determinados funcionarios, empresarios o integrantes de otros sectores, sea para estimular su procesamiento, resulta igualmente reprobable que los jueces se vean coaccionados a dilatar los procesos. O, lo que es peor aun, a dictar sentencias condenatorias.

El hecho de que miembros del Poder Ejecutivo o del Congreso celebren como una victoria -junto con una parte de la sociedad- la iniciación de procesos contra determinadas personas o instituciones, como ha ocurrido en días recientes, constituye una injerencia indebida de los poderes políticos en la esfera de decisión de la Justicia y entraña una forma de prejuzgamiento social altamente peligrosa, que atenta contra la rectitud de los procesos judiciales.

Si lo que se desea es que los jueces actúen con absoluta independencia, atendiendo sólo a lo que surge, en cada caso, de las constancias del expediente judicial respectivo y a lo que les dicta su propia conciencia, no parece prudente, ni adecuado, que los máximos representantes de la autoridad política se reúnan con manifestantes -por ejemplo, con dirigentes de las entidades defensoras de derechos humanos- y menos aún que adopten, junto a ellos, actitudes que entrañan un prejuzgamiento. Lo aconsejable es justamente lo contrario: que el poder político mantenga la mayor distancia posible tanto de las causas judiciales abiertas como de los magistrados que intervienen en ellas.

Es de esperar que el Presidente y los demás integrantes del Gobierno guarden la debida mesura -y, si es posible, un distante silencio- mientras los jueces cumplen su cometido. Cuanto más notorio sea el trasfondo político de las causas en trámite, mayores deben ser esas muestras de discreción y sobriedad.

Los periodistas, por nuestra parte… Cuando los jueces están sometidos a fuertes presiones mediáticas, corren el riesgo de perder sus mayores virtudes: la equidad, el rigor, la imparcialidad.

…es necesario evitar que cunda en la sociedad la sensación de que, en determinados procesos, la Justicia no hace otra cosa que convalidar las condenas dictadas -de antemano- por sectores del poder político o por los desbordes emocionales de una presunta opinión pública”.